Para cantar he nacido: cien años del poeta José Alfredo

El aniversario del nacimiento de un poeta debería ser razón suficiente para que sea recordado. Y ciertamente, el de José Alfredo Jiménez no debe ser la excepción. ¿Cómo podríamos no recordarlo si las letras de sus canciones están imbricadas profundamente en el tejido de la sensibilidad mexicana? En pocos días se cumple el centenario del nacimiento del cantor de Dolores Hidalgo, el “pueblo adorado”. José Alfredo nació el 19 de enero de 1926; murió a los 47 años, el 23 de noviembre de 1973. Más que escribir algo sobre él, lo mejor sería escuchar nuevamente su música, de la misma manera que releemos poemas de algún poeta querido de nuestro panteón personal.La historia de un país se mide por sus conquistas espirituales. Esas conquistas se manifiestan en la creación de instituciones políticas, en la cultura, la ciencia, el arte y la literatura, los ritos y las tradiciones, en su concepción de lo trascendente, en la gastronomía y la música. Todos estos ámbitos de la vida social son canales de difusión de la energía que informa el carácter de un pueblo. México posee todas estas válvulas vitales. Pero México es un país muy extraño: antiquísimo y moderno; aislado y solidario; nacionalista y universalista; relajista y esforzado; callado y gritón; nocturno y diurno. Por las venas de México aún corren indómitos el color rojo y el color negro. Nuestro país, que tiene la forma de una cornucopia o de una sirena, está desgarrado por extremos, mas es un país que ha sido capaz de producir unos cuantos hombres y mujeres de gran valía.Uno de ellos es José Alfredo Jiménez. Como el desierto de Manuel José Othón, como el trópico de Carlos Pellicer o la provincia de Ramón López Velarde, el escenario de las correrías de José Alfredo Jiménez es una zona concreta: el Bajío: los caminos y la sierra de Guanajuato. Pero también están presentes la ciudad, la noche, la infaltable y necesaria cantina. En las letras de sus canciones no alumbra la luz cardinal de la razón; el fondo oscuro del corazón es el que gobierna. A la mujer que se ha ido, el poeta le expresa: “por eso le estoy cantando/ lo que me manda mi corazón”. Lo popular crea necesariamente su mitología. En el repertorio musical de José Alfredo abundan los arquetipos: el borracho, el cantinero, el canalla, la novia, el valiente, el pobre, el rey, el jinete, los amigos enemigos, el temible perro negro, la mujer abnegada, la mujer ausente, la mujer límite, la mujer que redime, la mujer.Contrario a lo que se ha dicho, medio en broma y medio en serio, las canciones de José Alfredo no postulan ningún nihilismo. No pueden postularlo porque no nacen de una concepción filosófica de la existencia (este hombre, que poseía un fuerte sentido de la realidad, estuvo lejos de entelequias intelectuales), sino de una desbordada sensibilidad que necesita ser expresada como si fuera el último minuto de la vida: “acaba de una vez/ de un solo golpe/ ¿por qué quieres matarme poco a poco?”, dice José Alfredo. El tiempo de la poesía, también el de esta poesía, es el presente, pero un presente límite. Todo se juega aquí y ahora. José Alfredo Jiménez poseía, digamos, un talento inocente. Era, a su manera, un autor inspirado, autor en el sentido primero de esta palabra.Su música no es alegre (o tal vez lo sea de otro modo), está impregnada de un temperamento que colinda con lo trágico. José Alfredo manejó prácticamente toda la gama de nuestras emociones, las que son dichas y las que no nos atrevemos a formular. Su repertorio musical bien podría formar parte de lo que Carlos Monsiváis llamó “el infelizaje”, es decir, esa otra tradición creada y sufrida por el pueblo mexicano y que es capaz de afirmar, por ejemplo, que “la vida no vale nada”.La tesitura de la voz de José Alfredo Jiménez es viril, robusta, exterior: voz de barítono trágico. Sus canciones son el credo antológico que el mexicano se dice a sí mismo en la soledad de su cuarto, en la mesa de una cantina o en la confesión que le hace a su compadre fiel durante una noche inflamada de alcohol. Pero la música de este compositor no es música de sábado en la noche o de domingo lentísimo en una villa de provincia; la música de José Alfredo Jiménez es una reserva de energía viva en el alma de México. Al igual que sucede con otros poetas, su música nos expresa, incluso a pesar nuestro. José Alfredo logró exacerbar para siempre las fibras más recónditas de “la grey astrosa”, como escribió López Velarde.José Alfredo nunca está lejos del lenguaje del pueblo, se nutre de las palabras de la conversación y muchas veces se queda ahí, en la corriente del habla diaria, pero la extrema y la intensifica en su interpretación, así le da mayor fuerza y vitalidad. José Alfredo dice: “A veces me siento poeta”. Si examinamos la memoria de los mexicanos un 15 de septiembre, la verdad es que casi siempre lo fue. Miente el que lo niegue: todos hemos cantado y seguiremos cantando con la segura compañía de José Alfredo Jiménez. Tal vez es esa la verdadera eternidad, al menos la de un poeta.AQ / MCB