Una historia es otra historia: crítica de ‘Los nombres de mi padre’

Hay novelas que desdeñan tomar una sola dirección. Prefieren un andar sinuoso, abierto a seguir múltiples caminos que a su vez se bifurcan y tuercen, porque guardan la intuición arcaica de que el relato de una vida está hecho del relato de otras vidas. Los nombres de mi padre (Anagrama) pertenece a esta fecunda tradición. Ahí, saltando de tiempo y escenarios, modulando el ritmo con envidiable pulso narrativo, Daniel Saldaña París narra la aventura de un hombre en busca de una acuciante respuesta a la pregunta: ¿y si su padre biológico no fue quien estuvo siempre a su lado hasta que murió tempranamente, y si su padre biológico fue en realidad aquella figura que a veces aparecía en casa para desvanecerse de inmediato durante largas temporadas?En Los nombres de mi padre están presentes la búsqueda y la huida. Transcurre 2021 y su protagonista—Camilo—enfrenta ahora la muerte anunciada de su madre, quien clava la sospecha—¿o tan solo juega, porque le gusta jugar, a sacarlo de su insoportable medianía?—sobre su origen y lo lanza a una pesquisa que va arrojando más y más oscuridades a medida que avanza, o se atasca, o vuelve al punto de partida.Arrojado a la imprevisible corriente de la reconstrucción —o quizás apenas el trazo eventual— de un pasado que nunca le perteneció, Camilo se entrega a la obsesión de encontrar a aquella figura: Miguel Carnero, aspirante a demoledor de los símbolos arquitectónicos del capitalismo, huérfano, encantador de hombres y mujeres, atrapado entre la revolución y el desencanto. Su retrato, dibujado a partir de testimonios, materiales de archivo, ensayos firmados bajo seudónimo, bastaría para poner a Los nombres de mi padre entre las grandes novelas de los últimos años. Pero resulta que su historia, su historia a retazos, conduce a otras historias y a otros personajes igualmente irresistibles o infames: un antiguo colaborador nazi, una pintora en Nueva York, una cónyuge celosa, la Ciudad de México en las décadas de 1960 y 1970.Los nombres de mi padre es una novela cuya forma aspira a conjugar lo verdadero y lo imaginado. Es una aspiración que se sostiene gracias a un arriesgado equilibrio. Qué importa de qué lado se encuentren la inteligencia y la pasión.AQ / MCB