Da la sensación de que los hombres de este planeta han perdido pie en su evolución y permanecen anclados, no a tiempos pretéritos supuestamente más salvajes, sino a su adolescencia. El momento en que la biología detecta que ya tienes edad de procrear e inunda tu torrente sanguíneo de hormonas que te convierten en un depredador sexual para cumplir con la máxima bíblica de «creced y multiplicaos».