Las huelgas de enero de 1976 aceleraron la Transición desde los centros de trabajo y dejaron una lección que sigue vigente medio siglo después Dos meses después de la muerte de Franco, España no era todavía una democracia. El país había cambiado de escenario, pero no de estructuras. Las instituciones, los mecanismos de control y la represión seguían funcionando. Y el temor a una involución —a un regreso del miedo— era real. Mientras el gobierno de Arias Navarro ofrecía una reforma limitada y ambigua, la crisis económica se profundizaba: inflación desbocada, paro creciente y salarios que perdían valor semana tras semana. En ese contexto, las fábricas se convirtieron en uno de los principales escenarios del conflicto… y también del cambio. Enero de 1976 fue uno de esos momentos en que la historia se acelera. Un país en tensión La transición política no se hizo solo desde arriba. También se hizo desde abajo. Y en aquellos meses iniciales, los centros de trabajo concentraron una parte esencial de la presión social que empujó el proceso. En Madrid y su área industrial —Villaverde, Méndez Álvaro, Julián Camarillo, Getafe, Torrejón, Alcalá o San Fernando de Henares— las huelgas y movilizaciones implicaron a cientos de miles de trabajadores y trabajadoras. En algunos sectores estratégicos, la protesta golpeó donde más dolía: Metro, RENFE o CASA, Construcción, Textil o el propio sector del metal entre otros. El mensaje era claro: no podía haber democracia sin derechos laborales, ni libertad sin organización social. Salario, empleo y amnistía: la mezcla explosiva Las demandas reflejaban una realidad doble. Por un lado, reivindicaciones muy concretas: aumentos salariales para compensar la inflación, freno a despidos, medidas contra el paro, mejoras en seguridad laboral. Pero al mismo tiempo, las huelgas incluían reivindicaciones políticas que chocaban frontalmente con el sistema: libertad sindical, derecho de reunión, derecho de huelga… y amnistía. Esa combinación fue decisiva. El conflicto no era solo por el convenio: era por la dignidad y por el fin de un marco autoritario que seguía controlando la vida pública y la vida laboral. La fábrica como escuela de democracia El movimiento obrero —y en especial las Comisiones Obreras y el asamblearismo— no solo organizó protestas. También construyó una cultura democrática dentro de los centros de trabajo. En las empresas se debatía, se votaba, se discutía colectivamente. Se practicaba la democracia cuando todavía no existía en el marco legal. Para miles de trabajadores, esa experiencia fue el primer aprendizaje real de participación y autogobierno. Los centros de trabajo fueron, en ese sentido, espacios políticos en el sentido más literal del término. Plata Meneses: un caso que explica un país La empresa Plata Meneses, con una plantilla de casi 400 trabajadores, fue uno de los escenarios de ese ciclo de movilización. Su propietario, Emilio Meneses de Orozco, era un dirigente destacado del Sindicato Vertical y representaba uno de los perfiles más duros de la patronal. Durante siete días, la huelga paralizó la empresa y se extendió al polígono industrial de Julián Camarillo. Después llegó el cierre patronal y las represalias: cuatro despidos y dieciséis sanciones. Entre quienes las recibieron estábamos quienes firmamos este artículo, el primer firmante despedido y el segundo sancionado. La respuesta no fue el miedo: fue la solidaridad. Hubo huelga de hambre por los despedidos y movilizaciones masivas con miles de trabajadores. Y finalmente, la readmisión llegó. Aquello dejó una lección clara: incluso bajo un régimen autoritario, la organización colectiva podía ganar. Reunirse donde se podía: iglesias, parroquias y barrios En muchos casos, las asambleas se celebraban donde era posible. Iglesias de barrio, locales parroquiales, bares con dueños comprometidos. En esos espacios se hablaba de salarios, sí, pero también de libertad. Esa mezcla de clandestinidad y movilización pública era una de las paradojas del momento: el Estado vigilaba, reprimía, sancionaba… pero ya no podía contener el empuje de una sociedad en movimiento. La democracia no avanzaba por inercia. Avanzaba porque se empujaba. Lo que cambió entonces… y lo que sigue vigente En el corto plazo, muchas huelgas lograron mejoras salariales y laborales. Pero su impacto más profundo fue político: aquellas movilizaciones contribuyeron a acelerar la legalización sindical, a ampliar libertades y a consolidar la idea de que el cambio no era solo posible, sino inevitable. Y, sobre todo, dejaron un recordatorio que sigue vigente medio siglo después: la democracia no se entrega, se conquista. Cincuenta años después: memoria obrera para cuidar la democracia Recordar enero de 1976 no es nostalgia. Es memoria democrática. Y también es una advertencia. La democracia no se sostiene sola. Requiere instituciones, sí. Pero también organización social, cultura democrática, ciudadanía activa y derechos laborales que no se erosionen con el tiempo. En una época en la que resurgen nuevas formas de precariedad y el relato público tiende a simplificar la Transición como un proceso ordenado y sin conflicto, conviene volver la mirada a aquel invierno. La Transición no fue automática. Fue el resultado de presión, negociación y movilización. Y una parte esencial de esa energía nació en los centros de trabajo. Porque la democracia también se conquistó allí.