La vacui-factura del quehacer

La inteligencia humana es el eso desconocido, aun para el propio humano, que la humana inteligencia artificial aspira cuando menos simular para así poder imitarla objetiva, subjetiva e intersubjetivamente mediante la constatación y conveniente reproducción de sus recurrentes patrones. El artificio, por su parte, es lo dado naturalmente en el hombre, tal como ha sido constatado entre otros por Peter Sloterdijk cuando nos habla de la “antropotécnica real” en sus archiconocidas Normas para el parque humano. Para empezar, el filósofo alemán sostiene en dicho ensayo, ya de forma avanzada y concluyente, el que “los hombres son seres que se cuidan y se protegen por sí mismos y, vivan donde vivan, generan alrededor suyo el entorno de un parque. Parques urbanos, parques nacionales (como vimos en Marcuse), parques cantonales, parques ecológicos, en todas partes el hombre debe formarse una opinión sobre el modo de regular su autosostenimiento.” El paraíso ya era en sí mismo un arcano parque del ayer para lo del más allá. Y en su gobernanza, inspirándose en las enseñanzas del platónico arte de lo real, afirma para la antropotécnica el imprescindible requisito de que: “el político sepa entretejer del modo más efectivo las propiedades de los hombres voluntariamente gobernables que resulten más favorables a los intereses públicos, de manera que bajo su mando el parque humano alcance la homeostasis óptima. Esto sucede –apostilla el autor– cuando los dos extremos relativos propios de la especie humana, la fortaleza guerrera, por una parte, y la prudencia filosófico-humana, por otra, son introducidos en el tejido del interés público con la misma fuerza”.