Alejandro Martínez Ruiz

Ha muerto Alejandro Martínez Ruiz. Era una combinación tan imposible de virtudes que sé que yo mismo moriré sin volver a verla. Lo admiré, como tantos lo hicimos. Era generoso con su conocimiento y adicto a la acumulación de saberes. Era un lector poderoso, que en todos los laberintos acababa matando sus monstruos. Era, sobre todo, un enorme jurista y un enorme orador. Sus juicios eran magistrales, y en un foro donde más o menos se entonan mantras sumando voces al coro, su estilo y sus actuaciones eran una rareza. No medía el esfuerzo: asuntos humildes se encontraban con escritos descomunales y minuciosos, tan eficaces para defender como para educar. Ha muerto con 32 años. La cantidad de bien que podría haber hecho, la cantidad de belleza y paz que podría haber seguido creando, es inconcebible. Eso hemos perdido: las mil mejoras que habrían nacido de él. Hay un espejismo en su brillo: estudió, defendió, enseñó, dedicó sus últimos tiempos a escribir un libro singular, jugó con sus amigos, escuchó música como escuchaba la calle, terminó caminos. Parece mucho, pero no es nada. Eso que hizo en poco tiempo por su intensidad no habría tenido fin en una vida larga. Hay que morir, pero no hay justicia en la muerte. Hay que estar enfermo y envejecer y desvanecerse, sí, pero ese decreto es repugnante y, en él, un expolio de humanidad. ¿Qué importa nada, si alguien así puede apagarse en una cama de hospital? ¿Quién merecerá, de los inmortales, haber vivido hasta ese momento más que él? Sé que su eco no cesará. Sé que lo leerán y bajarán la mirada ante su recuerdo, todo brillo y gratitud. Ojalá lo supiera él, sin un gramo de duda.