Conocer a Gaudí en el centenario de su muerte: la etapa naturista de Gaudí

Una serie para recorrer, paso a paso, las distintas etapas de la trayectoria del arquitecto catalán Conocer a Gaudí en el aniversario de su muerte: la etapa neogótica de Gaudí Con motivo del centenario de la muerte de Antoni Gaudí, llega esta serie para recorrer, paso a paso, las distintas etapas de su trayectoria como arquitecto. Más allá del mito y del souvenir, estas piezas buscan entender cómo evolucionó su manera de pensar, de construir y de mirar el mundo, y cómo cada periodo de su vida dejó una huella reconocible en su arquitectura y en la ciudad de Barcelona. Si en la etapa neogótica Gaudí discutía con el pasado —con sus arbotantes, sus contrafuertes y sus “así se ha hecho siempre”—, en la naturista decide discutir con otra cosa: con la línea recta. A partir de finales del siglo XIX, el arquitecto entra en una fase de madurez en la que su lenguaje se vuelve inequívoco. No es solo que sus edificios empiecen a parecer vivos. Es que Gaudí deja de mirar a los estilos para mirar al mundo: a las cuevas, a los huesos, a las olas, a los troncos, a las colmenas. Y a partir de ahí, construye. Cuando la naturaleza deja de ser decoración La etapa naturista es, en esencia, el momento en que Antoni Gaudí perfecciona su estilo personal. Ya no necesita el “disfraz” orientalista ni el corsé neogótico. Aquí la inspiración es orgánica y, sobre todo, estructural: la naturaleza no se copia como un motivo ornamental, se usa como modelo de funcionamiento. Gaudí se apoya en sus análisis de geometría reglada y desarrolla soluciones que le permiten levantar volúmenes ricos y complejos, sin rigidez racionalista y sin obedecer a una premisa clásica. Es una arquitectura de libertad creativa, sí, pero no caprichosa. Bajo el barroquismo aparente hay cálculo, ensayo, una obsesión casi científica por encontrar formas que aguanten, que respiren, que encajen entre sí como encajan las piezas de un esqueleto. Casa Calvet: el premio (y el aviso) de que algo estaba cambiando Antes de los grandes iconos, Gaudí deja pistas. Una de las más claras es la Casa Calvet (1898–1899), en la calle Casp de Barcelona. A primera vista, podría parecer una concesión a la Barcelona burguesa: fachada de piedra de Montjuïc, balcones de hierro forjado, un conjunto más ordenado que sus obras anteriores. Pero basta mirar un poco más para ver cómo el edificio ya empieza a torcerse hacia su universo. Hay un aire barroco en las columnas salomónicas y en la decoración floral, como si Gaudí estuviera probando hasta dónde puede cargar la fachada sin que se le caiga encima. Y funciona: el Ayuntamiento de Barcelona le otorgó en 1900 el premio al mejor edificio del año. Es, en cierto modo, el reconocimiento institucional a un arquitecto que, paradójicamente, ya está empezando a ir por libre. Del detalle al paisaje: puertas, muros y curvas que anuncian un método En estos mismos años aparecen obras menores —o consideradas menores— que ayudan a entender el cambio. La Casa Clapés, por ejemplo, pasó desapercibida durante décadas, hasta que se encontraron planos firmados por Gaudí. Y en la Finca Miralles , el arquitecto diseña un muro de cerca ondulado y una puerta de acceso que parecen moverse incluso cuando están quietos. No es solo una cuestión estética: es una declaración. La línea recta, en Gaudí, empieza a ser sospechosa. Park Güell: una ciudad-jardín que fracasó y un laboratorio que triunfó El gran salto de esta etapa llega con el Park Güell (1900–1914). Eusebi Güell quería una urbanización al estilo de las ciudades-jardín inglesas. El negocio fue un fiasco: de las parcelas previstas se vendió muy poco. Pero arquitectónicamente, el resultado es otra cosa: el parque se convierte en un campo de pruebas donde Gaudí despliega todo su repertorio organicista. El terreno, abrupto y lleno de desniveles, no se allana: se acepta. Gaudí lo domestica con viaductos que parecen surgir de la montaña y con caminos que se integran en el relieve como si siempre hubieran estado ahí. En la entrada, los pabellones de portería y administración, rodeados de mampostería y cerámica policromada, funcionan como una puerta a un mundo propio. Después, la escalinata con fuentes —con el dragón convertido en icono global— conduce a la Sala Hipóstila, pensada como mercado de la urbanización. Y encima, la plaza con el banco ondulante recubierto de trencadís, obra de Josep Maria Jujol, que es pura arquitectura y pura piel a la vez. Aquí se entiende la etapa naturista con una claridad brutal: no se trata de levantar edificios bonitos, sino de crear sistemas . Sostener, conducir, recoger, ventilar, jugar con el agua y la sombra. Como haría un paisaje. La luz también es estructura: Mallorca y la idea de intervenir sin imponer En paralelo, Gaudí trabaja en un encargo que suele sorprender por contraste: la restauración de la Catedral de Mallorca (1903–1914). Aquí no construye desde cero, sino que interviene en un gótico existente. Lo hace moviendo el coro, replanteando el presbiterio, incorporando iluminación eléctrica y vidrieras y diseñando un gran baldaquino sobre el altar mayor. El proyecto se abandona por divergencias con el cabildo, pero deja algo claro: para Gaudí, incluso en un templo medieval, la arquitectura debe funcionar como un organismo. La luz no es un adorno, es parte del sistema. Casa Batlló: huesos, escamas y una fachada que respira La Casa Batlló (1904–1906) es probablemente el momento en que el gran público empieza a ver —aunque no sepa nombrarlo— que Gaudí ya juega en otra liga . La reforma de un edificio previo se convierte en una transformación total: fachada ondulante, columnas que parecen óseas, balcones que recuerdan máscaras y una piel de trencadís hecha con fragmentos de vidrio de colores. La azotea remata el conjunto con chimeneas helicoidales y una cubierta que sugiere un lomo de dragón, con escamas en tonos cambiantes. Es naturaleza convertida en mito y mito convertido en arquitectura, todo a la vez. Y, al mismo tiempo, es pura ingeniería: patios de luz, claraboyas, arcos catenarios… nada está ahí solo para que sea fotografiable. La Pedrera: una montaña habitada Pocos años después llega la Casa Milà (1906–1910), quizá la obra que mejor resume el naturismo de Gaudí en clave urbana. El edificio se organiza alrededor de dos patios curvilíneos y una estructura de pilares y jácenas que libera la planta y permite espacios más flexibles. La fachada de piedra calcárea parece una masa erosionada por el viento y el agua, una montaña en pleno paseo de Gràcia. El desván, resuelto con arcos catenarios, y la azotea, con salidas de escalera coronadas por la cruz de cuatro brazos y chimeneas que parecen yelmos, convierten la cubierta en un paisaje. No es un tejado: es un territorio. Cripta de la Colònia Güell: el ensayo general de la Sagrada Familia Si el Parc Güell es el laboratorio al aire libre, la Cripta de la Colònia Güell (1908–1918) es el laboratorio estructural. Gaudí proyecta una iglesia integrada en la naturaleza, con bóvedas de paraboloide hiperbólico y ventanales de formas hiperboloidales, cubiertos por vidrios de colores que parecen pétalos o alas. Columnas inclinadas, pilares de ladrillo, basalto… todo el edificio está pensado como un organismo que se sostiene con lógica interna. Solo se construye la nave inferior, pero basta para entender hacia dónde va Gaudí: hacia una arquitectura que no imita la naturaleza, sino que funciona como ella . Lo que aquí se ensaya —la geometría, la estructura, la luz— será decisivo para la Sagrada Familia. La etapa naturista es, en el fondo, el momento en que Gaudí deja de ser “un arquitecto brillante” para convertirse en “un sistema”. Ya no diseña fachadas. Diseña mundos. Y eso, una vez empieza, es difícil de desactivar.