El gigante español del siglo XIX que sorprendió a Europa con su altura. ¡Todo el mundo pagaba por verlo!

En el siglo XIX, cuando el asombro viajaba en trenes y carteles de feria, hubo un español capaz de detener multitudes con solo aparecer en escena. Su nombre era Fermín Arrudi, aunque pasó a la historia como el gigante de Sallent, uno de los gigantes humanos más conocidos de su tiempo en Europa y América. Nació en 1871 en Sallent de Gállego, una pequeña localidad del Pirineo Aragonés situada en el valle de Tena, al norte de la provincia de Huesca y muy cerca de la frontera con Francia. Murió joven, con solo 42 años, el 2 de mayo de 1913, dejando tras de sí una vida tan extraordinaria como profundamente humana. Fermín Arrudi no nació diferente. Fue un bebé más bien pequeño, hijo de padres de estatura normal. Pero todo cambió a partir de los 11 años, tras pasar varios días enfermo con altas fiebres. A partir de entonces, comenzó un crecimiento imparable que se prolongó hasta los 25 años, cuando alcanzó los 2,29 metros de altura y alrededor de 180 kilos de peso, superando la talla de todas las personas conocidas en su tiempo. Su adolescencia fue un auténtico calvario. El mundo no estaba diseñado para alguien como él: no podía sentarse en bancos normales, subir escaleras con comodidad ni atravesar puertas sin agacharse. Cada gesto cotidiano se convertía en un esfuerzo físico y emocional. A su tamaño colosal se sumaba una fuerza fuera de lo común. Se cuentan proezas casi legendarias: levantaba pesos que cuatro o cinco hombres robustos no podían mover; se decía que cruzó un río cargando a su burro sobre los hombros cuando el animal se negaba a pasar; o que llegó a matar un oso con sus propias manos durante una jornada de caza, una de sus grandes aficiones junto a la caza de sarrios. Pero lejos del estereotipo, Fermín destacaba por su sensibilidad y carácter afectuoso. Era tierno, solidario y especialmente cercano con niños y ancianos, a quienes llamaba cariñosamente “mocetes”. Convivió con enormes dificultades materiales y llegó a pasar hambre hasta los 12 o 14 años, cuando empezó a trabajar en distintos tajos, como la construcción del puente de Aurín o las obras de la línea ferroviaria de Canfranc. Tras trabajar en la estación internacional de Canfranc, su colosal y proporcionado tamaño lo convirtió en objeto de interés científico. Fue estudiado en universidades prestigiosas de España y del extranjero, algo que Fermín aprovechó para adquirir una formación cultural y lingüística poco habitual para alguien de su origen. A los 21 años realizó su primera gran exhibición pública durante unas fiestas del Pilar en Zaragoza. Aquello fue el comienzo de una carrera internacional que lo llevó por Europa, América, el Caribe y el norte de África. Fue una de las grandes atracciones de la Exposición Universal de París de 1900. Sus exhibiciones no se limitaban a mostrar su altura. Fermín Arrudi era también un músico extraordinario, autodidacta y polifacético. Tocaba la guitarra, el violín, el laúd, la bandurria, el requinto, la flauta y el armónium. Era un fenómeno de la jota rondada y solía amenizar sus actuaciones cantando y tocando en directo. Con la fama le llegó también el amor. En París conoció a Louis Carlé Dupuis, una joven parisina que se convirtió en su esposa. Gracias a sus exhibiciones llegó a reunir una pequeña fortuna —unos 20.000 duros— con la que se construyó una casa y vivió con holgura hasta el final de sus días. Fermín Arrudi falleció el 2 de mayo de 1913. El párroco dejó constancia de curiosidades poco habituales en el libro de difuntos: por el anillo de su dedo pasaba holgadamente una moneda de 10 céntimos, su pie medía 40 centímetros de largo y levantaba pesos que cuatro hombres no podían mover. Hoy su figura vuelve a despertar interés como símbolo de una época en la que lo extraordinario llenaba teatros y ferias. Detrás del mito del gigante hubo un hombre real cuya historia sigue fascinando más de un siglo después.