La educación que no prepara para la vida: la advertencia de un experto sobre la depresión juvenil

En el marco del Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, celebrado el 13 de enero, la atención se ha centrado en una realidad preocupante: los casos no solo aumentan, sino que afectan a personas cada vez más jóvenes. Más allá del diagnóstico clínico, surgen preguntas sobre el papel de la sociedad, el ritmo de vida y, especialmente, el modelo educativo y familiar. Para analizar estas cuestiones, el doctor en Educación, José Carlos Aranda, ofrece una perspectiva crítica sobre las causas que están haciendo a los jóvenes más vulnerables a los problemas de salud mental. Los datos del último estudio del INE son, en palabras de Aranda, "escalofriantes". Un 14,6 % de la población de 15 años había pasado por una depresión en las dos semanas previas a la encuesta. El experto subraya que el origen es multifactorial, con componentes genéticos, sociales y familiares, y advierte sobre el error de simplificar el problema. A esto se suma el estigma social que todavía rodea a la salud mental. "Ir al psicólogo o al psiquiatra se ve como un estigma social, y las familias tardan en darse cuenta de la gravedad, hasta que, por desgracia, a veces es tarde", lamenta. Según Aranda, uno de los factores clave reside en el sistema educativo actual. "La escuela hoy día se estudia de espaldas a una cultura del esfuerzo", afirma. El experto critica un entorno donde priman los derechos sobre las responsabilidades y donde el profesorado se ve sobrecargado de labores burocráticas que "impiden mirar a los ojos y empatizar" con el alumnado. Esta desconexión, unida a la falta de consecuencias reales ante el fracaso académico, mina la capacidad de los jóvenes para construir una autoestima sólida y los deja sin herramientas para gestionar la frustración. Esta dinámica educativa genera una peligrosa disonancia en los adolescentes. "Pasar sin esfuerzo y sin consecuencias por el fracaso, desde luego, no favorece la autoestima", insiste Aranda. Esta mentalidad lleva a los jóvenes a "achacar toda frustración a los demás: al sistema, al profesor, a la escuela, a la familia". El resultado es un choque brutal entre las expectativas generadas y la realidad que encuentran más tarde, una realidad para la que no están preparados ni técnica ni emocionalmente. Se ha perdido el valor de la resiliencia y se ha instalado una mala interpretación de la educación emocional. Aranda señala una transformación fundamental en la percepción de la felicidad. "Hoy ser feliz ha dejado de ser una conquista personal para ser un derecho, y un derecho depende de los demás", explica. Esta idea, según él, fomenta una dependencia externa para el bienestar personal y debilita la capacidad del individuo para superar los desafíos inevitables de la vida, ya que no se les enseña a aceptar que "no todo en la vida sale bien". En el plano social, el doctor identifica dos factores dominantes. El primero es "la pérdida de valores sociales en aras de un relativismo en el que todo vale", lo que, en su opinión, es como "quitar el norte de la brújula en nuestros adolescentes". El segundo factor es "la desorientación y acoso a las familias", a las que se les ha denostado un modelo tradicional sin ofrecer una alternativa funcional. "La alternativa es un modelo permisivo que no ayuda a superar las frustraciones que la vida nos pone en el camino", sentencia. El experto distribuye el peso de la educación en una pirámide donde la familia representa un 70 %, la escuela un 20 % y la sociedad un 10 %. Sin embargo, advierte que la influencia de cada factor varía en etapas concretas del desarrollo. Aranda apunta a la pubertad, alrededor de los 12 años, como un momento especialmente crítico por la confluencia del cambio biológico con la transición del modelo educativo de primaria a secundaria. Para José Carlos Aranda, el factor de mayor impacto en la última década ha sido, "sin duda alguna", Internet. "Somos seres sociales, pero estamos sustituyendo la relación directa con las redes sociales", advierte. Describe cómo cada ‘like’ produce un chispazo de dopamina que resulta gratificante e inmediato, en contraste con las relaciones reales, que "requieren tiempo, esfuerzo y negociación". Este espejismo digital lleva al abandono de las interacciones personales, especialmente en una etapa como la pubertad, donde el reconocimiento del grupo es fundamental. La consecuencia de esta migración al mundo digital es devastadora. "Cuando necesitan ayuda de verdad, las redes sociales son un espejismo y se enfrentan a la soledad", afirma Aranda. Esta soledad, combinada con un rechazo que no saben cómo gestionar, los deja en una situación de extrema vulnerabilidad. La facilidad de acumular "likes" en una pantalla no se traduce en un apoyo real y tangible cuando la vida se complica, generando un vacío emocional difícil de sobrellevar. El estigma y la inacción social también agravan el problema. Aranda critica la tendencia a minimizar los estados de tristeza con frases como "ya se le pasará". Utiliza una poderosa analogía: "Cuando una persona se rompe una pierna, todos nos prestamos a ayudarla porque comprendemos que hay una necesidad, pero con las enfermedades mentales no pasa esto". Al no ser un cambio físico visible, el sufrimiento se ignora, lo que aísla aún más al individuo. Ante un panorama que, según él, "sigue igual y va a peor", Aranda propone cambios urgentes. En primer lugar, "restablecer la autoridad en la escuela y la familia", convenciendo de que "disciplina no es igual a autoritarismo", sino una preparación para la vida que fortalece la autoestima. En segundo lugar, dar tiempo al profesorado para que pueda "mirar a la cara a sus alumnos y hablar con ellos". Finalmente, el doctor hace dos propuestas clave: hablar del tema abiertamente y "con conocimiento", como en este debate, y una medida que considera fundamental: incluir en los centros escolares un psicólogo en plantilla. Este profesional, argumenta, podría "hablar, entrevistar y, llegado el caso, tratar a alumnos, familias y profesores", ya que un docente no tiene por qué ser un psicólogo clínico ni está capacitado para detectar ciertas patologías. Una ayuda que, concluye, sería "inconmensurable".