Víctor Serrano, nutricionista, desvela por qué el cuerpo pide más comida en invierno: "Hay un plan contra los antojos"

Con la llegada del frío muchas personas experimentan un aumento de los antojos y una mayor inclinación a comer. Lejos de ser una simple cuestión de voluntad, este fenómeno tiene una explicación biológica y psicológica. El nutricionista Víctor Serrano ha explicado que el invierno es la estación del año que trae consigo una serie de peculiaridades a la hora de comer que alteran nuestro apetito y nos empujan a buscar alimentos más calóricos. Incluso al hacer una ensalada, a veces hacemos que no sea una comida ligera con los ingredientes que añadimos a los vegetales. Uno de los principales factores es la respuesta del cuerpo al frío. Según Serrano, "el frío hace que se incremente nuestro gasto energético basal por termogénesis", lo que provoca que el organismo busque más energía para mantener la temperatura. Como consecuencia, "aumenta ligeramente el apetito, y sobre todo la preferencia por alimentos más calóricos y densos", señala el experto. A este factor se suma una herencia evolutiva. Nuestro organismo parece asociar el invierno con la escasez, por lo que instintivamente busca crear reservas rápidas de energía. "Por eso, pues, tenemos más ganas de tomar pastas, de pan, chocolate, patatas fritas, comidas que nos llenen rápidamente y que nos den confort", detalla el nutricionista. La reducción de las horas de luz solar durante el invierno afecta directamente a la química cerebral. La serotonina, conocida como la hormona del bienestar, disminuye su producción, lo que puede generar "más tristeza, irritabilidad, ansiedad". Para compensar este estado, el cuerpo pide más carbohidratos, que ayudan a producirla. Al mismo tiempo, la melatonina, que regula el sueño, aumenta su presencia en el organismo. Esto se traduce en una mayor sensación de sueño y cansancio, así como una menor motivación. Serrano advierte que "a veces podemos confundir ese cansancio también con hambre", lo que nos lleva a comer sin una necesidad real. El frío genera una sensación de incomodidad que el cerebro intenta combatir. "Buscamos un placer inmediato a través de la comida para activar ese sistema de recompensa llamado dopamina", explica Serrano. Es por ello que recurrimos a comidas calientes o dulces que generan una "sensación de refugio y de bienestar". Este comportamiento define lo que se conoce como hambre emocional. El experto lo describe como "el deseo de comer para calmar las emociones". Aunque realmente no se necesiten ingerir esos alimentos, hacerlo produce una sensación de tranquilidad. El estilo de vida invernal, con menor actividad física y social, más tiempo en casa y menos estímulos positivos, potencia esta hambre emocional. A pesar de estos impulsos, el cuerpo no necesita realmente más calorías en invierno. "El problema es cuando nos vamos a por alimentos, como harinas refinadas o azúcares, que nos estimulan el apetito y al final hacen que acabemos comiendo más calorías de las que realmente necesitamos", aclara el nutricionista. La clave está en combinar correctamente proteínas, fibra, grasas saludables y los carbohidratos adecuados. Para gestionar estos antojos, Serrano recomienda mantener un estilo de vida activo, ya que "un poco más de actividad física nos regula el apetito". También es fundamental no saltarse comidas para evitar bajones de glucosa, comer despacio y de forma consciente, y evitar el consumo de alcohol y tabaco. Finalmente, un buen descanso es crucial. Las personas que duermen poco o mal tienen el cortisol y el estrés más disparados, lo que les lleva a comer más. En lugar de acudir a la despensa, se pueden buscar alternativas como infusiones calientes o una ducha para combatir la sensación de malestar sin ingerir calorías innecesarias.