Nunca en la historia de Estados Unidos la presidencia fue un negocio tan lucrativo. Entre otras cosas porque nunca antes un comandante en jefe había aprovechado el cargo para vender relojes, guitarras, biblias o perfumes con su nombre mientras dirige el país, para invertir en sectores cuya regulación depende de sus decisiones, para convertir su emporio hostelero en el centro oficioso del poder estadounidense o para hacer de la política exterior un instrumento al servicio de sus negocios en el extranjero. Todo eso y mucho más ha hecho Donald Trump desde que regresó a la Casa Blanca hace ahora un año. Su fortuna se ha incrementado desde entonces en 4.000 millones de dólares, según la revista Forbes. Y nada tiene visos de alterar semejante modo de proceder: ni los centenares de conflictos de interés que le persiguen ni las acusaciones de corrupción institucionalizada. La suya, repite Trump, es “la marca más de moda del mundo”.