Jóvenes, cristianismo y libertad

La celebración de grandes eventos de carácter cristiano y la significación pública de la fe de opinadores, artistas y simples ciudadanos apuntan a que algo está cambiando en nuestra sociedad y a que, por fortuna, las personas ya no temen ser relegadas por mostrar y vivir abiertamente sus legítimas creencias. Durante muchos años, la hegemonía cultural y de la opinión pública ejercía sobre lo cristiano una ridiculización, una discriminación y una violencia verbal que arrinconaban a las personas que componían esta comunidad a posiciones infrarrepresentadas, silenciosas y poco respetadas en los discursos mayoritarios. Pese a que las encuestas hablan de un repunte y a que la experiencia del cristianismo en España ha vivido tiempos peores, es innegable que en este ámbito ha actuado con toda su contundencia una espiral del silencio que hoy vemos deshacerse. No se trata únicamente de una aparente conversión de individuos en todos los niveles. Las personas que viven la fe dan testimonio abiertamente de su existencia, de sus principios y valores y, en definitiva, de una visión del mundo que antes, en muchos casos, se ocultaba por vergüenza o por temor a la discriminación. Siendo la sociedad española necesariamente plural en cuanto a creencias, podríamos convenir que lo cristiano ha permanecido escondido en las últimas décadas, mientras el anticlericalismo se difundía con mayor profusión en los discursos del espacio público. La relación entre ambos mundos ha resultado del todo asimétrica, aunque en los últimos tiempos asistamos a una reversión de este fenómeno y se tienda hacia un equilibrio necesario entre las opciones de quienes desean vivir y expresar su fe y quienes no. Conciertos de pop cristiano que llenan estadios, actos de adoración que congregan a miles de personas, misas con el aforo completo y fieles que asisten a la eucaristía de pie, así como eventos multitudinarios de reflexión sobre el pensamiento cristiano como el celebrado ayer en el Palacio de Vistalegre de Madrid, dan cuenta de cómo la fe se vive ahora de manera pública y estimulante, sin las cortapisas que impone el miedo a ser ridiculizado. La vivencia cristiana ya no queda recluida en la intimidad de la iglesia o del hogar del creyente, sino que se expresa en el espacio público, en redes sociales, mensajes y discursos que antes no se atrevían a pronunciarse. Paralelamente, este fenómeno que enriquece la diversidad de nuestra sociedad es atacado con mayor virulencia por parte de una izquierda que no lo comprende y que trata, inútilmente, de confundirlo con ideologías peligrosas o fundamentalismos mediante estrategias de poco sentido y menor éxito. Mientras desde la política se blanquean, justifican o incluso se favorecen distintos tipos de violencia, se advierte al mismo tiempo del supuesto riesgo de estos movimientos espirituales que son, en su esencia y en su manifestación, plenamente pacíficos. En las últimas semanas hemos visto cómo desde la televisión pública se trataba un concierto de villancicos de un grupo musical cristiano como una manifestación de extremismo. Pese a todo, hay una parte de la sociedad, principalmente encarnada en los jóvenes, que encuentra felizmente sentido, arraigo y comunidad en el seno de la Iglesia. Las generaciones más afectadas por la pérdida de referencias y la desesperación están siguiendo un camino que les llena, y la manifestación pública de este fenómeno solo puede significar, además de la alegría de la que dan testimonio, un signo necesario de libertad.