Esta semana, este periódico publicó un editorial demoledor sobre una realidad incontestable. Versaba sobre la situación de indefensión y acoso a los docentes por parte de alumnos y muchos padres. Este diario está haciendo un seguimiento ilustrativo sobre la cuestión. La Administración trabaja sobre los síntomas. Poner atención psicológica a los docentes agredidos no es la solución. El responsable no es el conseller Vera. Él no dispone de medios ni competencias. El problema es sistémico; la cuestión es multifactorial. La pérdida de autoridad de los docentes es culpa de un gobierno social comunista en La Moncloa, que protege a los delincuentes y defiende los derechos de alumnos malcriados y con rasgos narcisistas o incluso psicopáticos que favorecen sus comportamientos extremos. Tenemos una ley de educación delirante que favorece la holgazanería. Pero ocurre en todos los sectores de la sociedad actual. No hay valores. Vivimos en una anarquía antisistema. Un inquiokupa tiene más derechos y protección que el propietario perjudicado. Un sin papeles recibe más ayudas que los propios contribuyentes. Y así sucesivamente. Pero es imprescindible ampliar el enfoque. Hace tiempo que pedagogos, expertos en salud mental, sociólogos y analistas avisan sobre el elemento principal de esta ecuación. La diana somos los padres como máximos responsables de la educación de los hijos. Algunos están creando pequeños dictadores con una permisividad perniciosa. Educar a un hijo es amarlo y marcarle límites. Lo primero sin lo segundo conlleva a una sobreprotección que baja el umbral de exigencia, falta de disciplina y conducta narcisista. Además, favorece que el dintel de frustración esté en niveles ínfimos. Ahora hay niños que conductas rentistas desarrollan falsas depresiones y simulacros de suicidio por cuestiones nimias. Se solicita ayuda psicológica por un hijo deprimido por negarle un iphone. El nivel de imbecilismo y pérdida de sentido crítico de los padres explica mucho de lo que sufren los docentes. Un alumno suspende porque no ha estudiado ni cinco minutos y los padres, en lugar de analizar la cuestión, atacan a los profesores por injustos. Oímos a menudo a muchos progenitores la frase «es un niño muy inteligente». Hay un elemento mayor, la pedagogía social. Determinados comportamientos personales o sociales, si son asiduos, se convierten en patrones de conducta que se interiorizan como normales cuando en realidad no lo son. Ocurre con el consumo de porno en edades preadolescentes. La delincuencia juvenil es otro ejemplo de ello. Creen que apropiarse de un objeto deseado ajeno es un derecho, ya sea porque la sociedad los ha maltratado o simplemente porque es el aprendizaje de lo que se convertirá en su profesión. Es imprescindible un plan nacional para abordar este fenómeno. Me temo que el populismo que gobierna no está por la labor.