Durante décadas, Europa ha sido una potencia económica y científica. Sin embargo, en el tablero geopolítico y tecnológico del siglo XXI, esa fortaleza histórica se está erosionando. La carrera global por la tecnología, desde los semiconductores hasta la inteligencia artificial, ha convertido la competitividad y la no‑dependencia tecnológica en una cuestión estratégica de primer orden. No se trata solo de crecimiento económico, sino de seguridad, resiliencia y poder político. Hoy, la competencia global se libra en mercados clave como la defensa, las comunicaciones, el espacio, la energía, la salud y, especialmente, en el ámbito digital. En todos ellos, la capacidad de diseñar, producir y controlar tecnologías críticas marca la diferencia. Europa se enfrenta así a una pregunta incómoda pero inevitable: ¿puede seguir siendo relevante si depende tecnológicamente de terceros?