Hará unos meses me crucé por la calle con un chaval que llevaba al colegio, con mucho cuidado, una bonita maqueta del Sistema Solar . El trabajo era notable: pegados sobre unos pequeños vástagos de madera, ahí estaban en corcho el Sol naranja, Mercurio gris, Venus blanco, la Tierra azul, Marte rojo, Júpiter de colores, Saturno con sus anillos, Urano y Neptuno blanco azulados. El niño tenía motivos para estar orgulloso aunque, en realidad, la maqueta adolecía de un problema crítico de escala y perspectiva . Lejos de ser anecdótico, este error es relevante, porque muestra cómo nos vemos, cómo nos queremos ver a nosotros mismos en el universo. ¿Qué pasaría si aquel alumno, llevado de un insólito espíritu crítico, quisiera llevar a clase un modelo del Sistema Solar a escala real? Hagámosle el trabajo; sugirámosle una escala mínimamente manejable: por ejemplo, de una milmillonésima . La Tierra tendría el tamaño de una pequeña canica; para el Sol, y aquí empiezan las dificultades, tendríamos que buscar una enorme pelota medicinal de más de un metro de diámetro, un tanto incómoda para llevar al colegio. Entonces el alumno aplicado se preguntaría a qué distancia tendrá que poner la canica de la gran pelota si quiere respetar la proporción del Sistema Solar; meditará si le cabrá en su pupitre o si, por el contrario, tendrá que utilizar todo el aula para mantener la escala . Muy optimista. Imaginemos que colocamos la canica de la Tierra en el centro de un campo de fútbol , patrón que sirve hoy de medida universal; la Luna, convertida en un pequeño guisante, estará a algo más de un pie de distancia. El resto del campo estaría vacío. Esta es la realidad: estamos solos . Tal vez por algún córner asomarán, de vez en cuando, las canicas de Venus o Marte, pero nada más; el Sol estaría bastante fuera del estadio. ¿Y a qué distancia situaríamos la siguiente estrella? Sería difícilmente imaginable . Si una nave espacial minúscula despegara de nuestro mundo en miniatura buscando otra estrella, atravesaría trabajosamente el césped, saldría del estadio, de la ciudad, del país... y aunque llegara al lugar más lejano posible, a las mismísimas antípodas, no encontraría nada más que el vacío más absoluto. Podría llegar hasta Nueva Zelanda y aun regresar de vuelta sin encontrar ninguna otra estrella que no fuera el Sol, ni más planetas que los del Sistema Solar, con las rocas errantes que vagan sin rumbo. A efectos prácticos, estamos solos en el universo. La optimista ecuación de Drake, que auguraba miríadas de civilizaciones, se encuentra contenida por la paradoja de Fermi: ¿dónde están todos? Y eso que somos una gente muy ruidosa . La Tierra es verdaderamente una discoteca galáctica; llama la atención a años-luz de distancia. Sin embargo, miramos hacia el universo y, salvo nosotros, está en completo silencio. El pánico a lo infinito , el miedo a la soledad y a lo desconocido, el ‘horror vacui’ que aterraba a los habitantes de Diaspar en la novela de Arthur C. Clarke, nos hace imaginar nuestro Sistema Solar como una cercana comunidad de vecinos , con grandes planetas acurrucados frente al Sol en una maqueta escolar manejable, como la que ET hizo girar ante el asombrado Elliot. Pero las cosas no son así. Este mismo temor, la contemplación de la ausencia y el aislamiento, hizo surgir entre nosotros el fenómeno religioso , nacido como primera respuesta del ser humano ante un universo vacío, infinito y callado que no respondía preguntas. Existiendo la creación, ha debido existir un creador , nos dijimos. Y viendo que el Sol renacía cada día, y la vida cada primavera, también el ser humano se soñó inmortal. De aquí podría haberse consolidado un sentido de auténtica trascendencia y sacralidad en la naturaleza , convirtiendo el cosmos en una pura hierofanía, como nos relató Mircea Eliade en Lo sagrado y lo profano . Pero la poesía duró poco. No tardó la policía de la moral en apropiarse del fenómeno: de repente, y en una segunda fermentación de la idea, el todopoderoso se vio reducido a un agente de autoridad que vigilaba a los súbditos para que cumplieran con la ley, se portaran bien, no se metieran en problemas y se contentaran con lo dado. Existen al menos doscientos mil millones de galaxias y en cada una de ellas más de doscientos mil millones de estrellas, pero es igual: el creador de todo el universo habría puesto sus ojos en esta mínima mota espacial para escudriñar conductas, castigar al infiel y premiar al obediente. De esta forma, la inmortalidad sería ahora distinta según cómo te hayan comportado en vida. Hoy resulta absurdo sostener que la muerte discrimina el destino de las almas, pero durante milenios, y aún hoy, la esperanza de un paraíso era innegociable para muchos como única vía de salvar otros vacíos. En esta perspectiva del creador entendido como gran comisario, todo cuanto sucede es por su voluntad, lo que relega nuestro destino a una mezcla aleatoria y arbitraria de regalos y castigos , a veces de una crueldad rayana con el sadismo y siempre incomprensible. Son los dioses de los pobres pero, por alguna ignota razón, aparentan tratan mejor a los ricos . Los creyentes les piden favores a sus dioses y fingen entender sus decisiones; no les hagan explicarlas. En una tercera fermentación de la idea, ciertos nacionalistas quisieron apropiarse igualmente del fenómeno y autoproclamaron sus tribus como pueblo “elegido por dios” , en contra del resto de los habitantes del planeta Tierra que, para su desgracia, habrían sido preteridos por la divinidad. Decir ‘somos el pueblo elegido y tú no’, en un universo de cincuenta mil trillones de estrellas, es un lema grotesco sobre el que fundar una secta, discriminar al otro, negarle la condición humana o justificar una matanza. Si un dios te reconoce como uno de los suyos y te pide matar, no hay argumentos sólidos para discutirle, así que esta idea vino muy bien a los generales de las mil batallas , cada uno con su propio dios en la bandera. En una cuarta fermentación, mucho más peligrosa, algunos dioses prometieron a sus tribus un trozo de terreno concreto sobre el planeta solo para ellos (Nm. 34,2) sembrando entre sus adeptos el germen genocida . [Y no se me enfaden; como nos recordaba Adela Cortina, las personas son siempre respetables, intocables en su dignidad humana. Este respeto hay que mantenerlo. Pero no todas las ideas son respetables]. Si dios no existiera, todo estaría permitido , según una conocida idea que late en Los Hermanos Karamazov de Dostoievsky. Las élites lo siguen creyendo: solo el temor de dios, el horror al vacío, el miedo a no resucitar, puede hacer que la gente se porte bien y no asalte los tronos. Por eso cuando la plebe empieza a inquietarse, cuando se le quita la esperanza, la posibilidad de tener un futuro razonable, cuando se le priva de la cultura y la educación, cuando se pone fuera de su alcance un piso donde vivir y una pensión con la que jubilarse, cuando ya no sirve ni como consumidor y queda a la intemperie, entonces es cuando el poder trae de vuelta al dios de la resignación para acunarnos. Resurge la espiritualidad, las vocaciones, la gente regresa a las iglesias... Vuelven incluso las prácticas ascéticas del hesicasmo: soledad, silencio y quietud. Así nos quieren los poderosos: solos, callados y quietos. Tras quitarnos lo material, nos anuncian las bondades del postmaterialismo . Son unos fieras. Pero es curioso que este resurgir de la espiritualidad superficial , de una especie de trascendencia banal, coincida en el tiempo con el renacer del poder más sórdido de las teocracias . Ambas vías caminan en paralelo, manteniendo el cuidado para no cruzarse: al populacho se le permitirá, y cada vez más, invocar a un dios melifluo, hipotónico y homeopático que le ponga en contacto con su mundo interior. Mientras tanto, el dios de la guerra y los ejércitos se lo reservarán los poderosos para sí mismos, conscientes, como advirtió Slavoj Zizek invirtiendo la proclama de Dostoievsky, que si dios existe, entonces todo está permitido : invadir, secuestrar, castigar al infiel, torturarlo, aniquilarlo... Desde Uganda hasta Israel, desde Estados Unidos hasta Irán, desde Franco hasta Bin Laden, si se actúa en nombre de la divinidad, ¿cómo oponerse? ¿Cómo negarse a cumplir la orden divina? Doscientos cincuenta años de Ilustración y aún no nos hemos sacudido el miedo ancestral al vacío ni hemos alcanzado nuestro anhelo de pensar por nosotros mismos. Y ahora Rosalía se pone el velo . En un conocido corte de su serie Cosmos , llamado The pale blue dot , Carl Sagan nos dejó un hermoso alegato sobre nuestra propia fragilidad y soledad como especie en el universo conocido. A partir de la fotografía más lejana hecha nunca de la Tierra, Sagan reflexiona con una lucidez y una profundidad poética apabullante acerca de las miserias de la ambición humana, para terminar lanzando un aviso a los navegantes creyentes: la salvación no nos vendrá de fuera ; estamos a nuestra sola merced. Y como no recuperemos el control de nuestro planeta, secuestrado hoy por estos genocidas de la creación (‘ drill, baby, drill ’), los rezos no nos servirán. Ningún dios vendrá para salvarnos . Ahí afuera no le importamos a nadie. ___________________________ Carlos López-Keller es abogado, especialista en derecho penal; no ha escrito ningún libro .