En un libro anterior de Soto Ivars, Arden las redes , el autor escribe en la presentación: “A medida que cerraba la teoría de la poscensura, las palabras de Karl Popper se volvían cada vez más incómodas en mi cabeza: Debo enseñarme a mí mismo a desconfiar de ese peligroso sentimiento o convencimiento intuitivo de que soy yo quien tiene razón. Debo desconfiar de ese sentimiento por poderoso que pueda ser. De hecho, cuanto más poderoso sea, más debo recelar de él, porque cuanto más poderoso sea, mayor será el peligro de que pueda engañarme a mí mismo; y, con ello, el peligro de que pueda convertirme en un fanático intolerante”. En el libro que hoy nos ocupa, Esto no existe: las denuncias falsas en violencia de género (Debate, 2025), no se cita a Popper. Ivars parece habérselo sacado por fin de la cabeza y, desgraciadamente, el desalojo no le ha hecho ningún bien. Es muy posible que la tutela del filósofo austriaco le hubiera servido para pensarse mejor esa crítica de las primeras páginas: “Los feminismos han perseguido la igualdad allá donde las mujeres han sido discriminadas o situadas en la desventaja, pero han sido reacios a exigirles que compartan las cargas más pesadas de los hombres: no se las ha empujado a combatir en las guerras ni se las ha arrojado a faenar en atuneros de alta mar o a las fosas oscuras de las minas de carbón” . Siendo positivos tendríamos que admitir que esa reflexión sirve al lector exigente para no hacerse ilusiones ni caer en vanas esperanzas. Ya puede adivinar que no le esperan los argumentos enjundiosos ni los razonamientos sosegados que merecería un asunto tan delicado como el que trata el libro. Por el contrario, sólo encontrará lugares comunes como el que acabo de referirles que, además, no pueden darse por ciertos. Un ejemplo: el Coal Employment Project, organización sin fines de lucro creada en 1976 en Estados Unidos, que tenía como objetivo lograr que las mujeres fueran empleadas en las minas donde los trabajos mejor remunerados estaban reservados a los hombres. En Esto no existe , obra en la que Ivars dice haber empleado siete años de investigación, el autor señala la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género como la culpable de haber convertido este país en poco menos que un coladero para las denuncias falsas por parte de mujeres ávidas de conseguir ventajas en procesos de divorcio. El origen La ley fue aprobada por unanimidad de todo el Congreso en diciembre de 2004 con el PSOE en el Gobierno. En su exposición de motivos puede leerse: “La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado. Al contrario, se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión” . Ya en su día la ley concitó críticas, algunas incluso de feministas, entre las que figuraban juristas, que se resistían a considerar que el único factor desencadenante de la violencia contra las mujeres fuera el impulso masculino de dominio sobre ellas: el machismo . En otros países el machismo se contempla solo como agravante, aunque en la práctica viene a dar resultados idénticos en el aumento de las penas. Entra dentro de lo razonable que pueda colegirse, como señalan expertos juristas, que en salvaguarda de la protección de la mujer la presunción de inocencia haya podido verse comprometida. Los defensores de la ley arguyen que no es así porque la preminencia de la declaración de la víctima está sometida a suficientes controles de verosimilitud . En todos estos años de vigencia se han presentado contra esta ley alrededor de 180 recursos de inconstitucionalidad de los cuales 127 han sido admitidos a trámite, principalmente en relación con el artículo 153.1 del Código Penal modificado por la ley que establece un agravamiento de las penas cuando el agresor es hombre y la víctima mujer. Ninguno de esos recursos prosperó. El tribunal avaló en todo momento su constitucionalidad. Soto Ivars soslaya este escollo jurídico que estorba a sus tesis con la siguiente frase: “[…] el Tribunal Constitucional es un terreno muy politizado, un salón de baile de los partidos políticos donde la mayoría parlamentaria impone sus decisiones y con frecuencia incumple su función” . Dos cuestiones que exigen ser analizadas separadamente. Sobre la politización del tribunal cabe decir que el fallo jurídicamente más relevante (sentencia del Pleno de 14 de mayo de 2008, que avaló la constitucionalidad del artículo 153.1 del Código Penal tal como fue modificado por la ley) tuvo lugar en un periodo en el que gobernaba el Partido Popular y la configuración del tribunal respondía a la mayoría conservadora. Si esa mayoría no consideró inconstitucional la ley, o lo que quiere decir Ivars es que una mayoría progresista sí lo hubiera hecho, cosa poco probable, o su crítica carece de fundamento. Sobre que el Tribunal Constitucional incumple su función solo cabe decir que es una afirmación cuando menos arriesgada que requiere ser demostrada . Salvo que mi afición a las películas de juicios pueda ser considerada equivalente a algún tipo de titulación académica, carezco de conocimientos suficientes sobre el mundo del Derecho para emitir una opinión cualificada sobre esta ley, pero admitiendo que quienes los tengan puedan mostrar reticencias ante ella, sí sumo a los distintos pronunciamientos del Constitucional el hecho de que el propio Ivars diga en su libro que “es infrecuente que se condene a inocentes. No imposible, ni improbable, […] pero raro” , creo que puedo preguntar: ¿Qué la diferencia de otras? Al parecer, que su elaboración estuvo auspiciada por la narrativa de género . La narrativa de género He ahí para Soto Ivars la fuente del problema. ¿Qué es la narrativa de género? Él mismo intenta explicárnoslo en un galimatías tal que el esfuerzo por entenderlo casi me provoca un ictus: “[…] hablaré aquí en todo momento de “narrativa de género”, “ideología de género” y “feminismo institucional” para distinguir la propaganda sistémica y hegemónica de las variadas y contradictorias corrientes feministas, dotadas en general de una complejidad y de unos matices que la propaganda de masas jamás recoge. Así, pese a que la narrativa de género extrae sus argumentos del feminismo, es una banalización. No quiere decir esto que entre las feministas no haya pensadoras banales, sino que entre ellas abundan las que no lo son en absoluto”. Intuyo que, por una parte, se refiere a ese discurso inflamado, irreflexivo e hiperbolizado del que la eclosión feminista de 2018 proporcionó buenas muestras (las notas que acompañan a ese apartado del libro con declaraciones y titulares son en su inmensa mayoría posteriores a esa fecha) y por otra imagino que considera ejemplo de pensadora feminista no banal a Camille Paglia, a la que cita en algún párrafo y debería hacerlo en más porque sus planteamientos teóricos tienen presencia transversal a lo largo de todo el libro. Luego hablaremos de Camille Paglia, veamos primero lo del discurso hiperbólico . Es cierto que durante un tiempo se adueñó de la esfera pública haciendo sentir a muchos hombres –y a no pocas mujeres– comprometidos con la igualdad un cierto hastío, no del feminismo en sí, sino de quienes defendían sus principios de esa forma. Pero ignora el autor que todo momento de efervescencia social de tipo reivindicativo tiene consecuencias semejantes: una peligrosa combinación de exaltación colectiva y la triste constatación de que no hay causa, por muy noble que sea, libre de ser custodiada por alguien que creyendo defenderla acaba perjudicándola. Perjuicio este de cuya comisión no quedan eximidos ni ministros ni secretarios de Estado. Y eso ocurre con el feminismo, con el pacifismo o conla defensa del medioambiente. Los entusiasmos colectivos siempre tienen un precio. Recuerden cómo el 15M alumbró el grito mudo , posiblemente la coreografía más ridícula que puede acometer una multitud. Otra cosa es que ese discurso inspire efectivamente la Ley de violencia de género y esta no responda al intento, con mayor o menor acierto, de atajar un insoportable rosario de mujeres asesinadas. Soto Ivars considera que aquel tiempo instaló en la sociedad un generalizado recelo entre hombres y mujeres . Y para ilustrarlo pone dos ejemplos: una experiencia propia en la que caminando tras una chica por una calle oscura se ve obligado a cambiar de acera para transmitirle a la joven un mensaje de tranquilidad ante un miedo que él cree inducido por el espíritu de la época y yo, que reconozco en la época una preocupante propensión a la estupidez social, pero he vivido gran parte de mi vida en un pueblo mal iluminado, puedo asegurarle que es anterior a ella. El miedo que combina soledad y penumbra es intemporal y ha acompañado a la mujer –y a los hombres cobardes como yo desde hace mucho– aunque a la mujer con más razón que a nosotros. El otro ejemplo que pone el autor como expresión de ese recelo es la confesión de un amigo de “que ya no entra a solas con una mujer en el ascensor del trabajo” . Yo diría que haber tomado esa decisión más que describir el espíritu de una época describe una forma muy concreta, y posiblemente errada, de entenderla. Quizás la explicación de apreciar ese comentario suficientemente trascendente como para incluirlo en el libro esté en la circunstancia en que se produce la conversación: “Vamos por la tercera cerveza, la mesa cubierta de ceniza y botellines, cáscaras de pistacho crujiendo bajo los zapatos” . Cobra sentido el que la principal recomendación de Popper a los ensayistas fuera rigor y Cruzcampo 0,0. Vayamos ahora con Camille Paglia. Feminista heterodoxa , la intelectual neoyorquina reniega de la eterna condición de víctima infantilizada que, según ella, algunos feminismos aplican a la mujer. Incluso pone en duda el patriarcado como causa histórica de la desigualdad. Puedes estar de acuerdo o no con Paglia, pero detrás de lo iconoclasta y atrevido de sus argumentos late una innegable robustez intelectual. Sin esta, como ocurre en algunas reflexiones del autor que apostillan las teorías de la feminista, solo quedan osadas ocurrencias: “Habrá que preguntarse […] por qué este infame sistema [el patriarcado] gozó durante tantos siglos de buena salud sin que las esclavas se rebelaran […] en todo caso, fue siempre una esclavitud curiosa: la única en la que el señor, en caso de naufragio, entregaba su vida y perecía en el mar para que la esclava se salvase a bordo del bote de salvamento” . Veintiocho años después de verla, por fin acabo de entender Titanic . La discriminación positiva Consecuentemente, la duda sobre la verdadera existencia del patriarcado anula la posibilidad de que exista la brecha de género y desemboca en una enmienda a la totalidad de la discriminación positiva que para Ivars no es otra cosa que “el resultado legislativo de la implantación de la narrativa de género en la sociedad a través de la política […] el pago de la deuda histórica reflejado en las páginas del BOE” . Esa consideración sirve al autor para abrir la espita a un torrente de datos de los que podría deducirse que las mujeres han pasado de una situación de desigualdad a una absoluta posición de privilegio. Esa es otra de las características del texto: la presencia abrumadora de estadísticas esgrimidas en favor de las tesis del autor que, sin el debido análisis, en lugar de aportarle solidez rebajan el valor ensayístico del texto y lo convierten en un ejemplo integral de cherry picking . Por cherry picking se entiende “la acción de citar solo los casos individuales o datos que parecen confirmar cierta postura a la vez que se ignoran las pruebas que podrían contradecirla” (Wikipedia). Les pongo un ejemplo: en algún momento se presenta como prueba de desigualdad masculina en el ámbito sanitario la menor inversión en investigación sobre el cáncer de próstata respecto al de mama. Pero no se tienen en cuenta detalles que restarían valor a esa prueba como la infrafinanciación del estudio de la endometriosis, enfermedad crónica que sufren 190 millones de mujeres en el mundo o, circunscribiéndonos a España, el hecho de que hasta 2023 la mujer no pudo acceder a la baja menstrual. No es objetivo de esta reseña recordar todo lo que se dijo sobre aquella reforma, pero tiene sentido señalar las exageradas consecuencias negativas en el mercado laboral que muchos señalaron, presumiendo sutilmente que el aprovechamiento interesado de la norma daría como resultado un aumento del absentismo. No ocurrió, no fue el coladero que muchos imaginaron que sería. Esto no existe presta alas a una sospecha parecida. Las analogías En algún momento del libro, y no se puede decir que sin cierta maldad gratuita que casa mal con el espíritu del género ensayístico, Ivars afirma: “Si realmente buscasen la igualdad, este libro lo hubieran escrito las feministas y no yo” . Creo que, dada la grave naturaleza del tema que trata, habría bastado con que lo hubiera escrito alguien más comprometido con el rigor y que se aproximara con mayor tacto al drama que subyace tras el debate teórico. O, sencillamente, que tuviera mayor acierto a la hora de plantear analogías: “Había dejado más arriba el cabo suelto de una analogía y creo que es hora de retomar ese hilo como preludio del análisis del contenido de esa quimioterapia agresiva contra un cáncer social que llamamos ley VioGén. También ETA se consideraba un cáncer […]” . Obsérvese que, pese a que las víctimas de la violencia de género hace ya tiempo superaron en número a las de ETA, el cáncer aquí es la ley que intenta protegerlas. Pero la analogía a la que se refiere Ivars aún no ha llegado. Es más extensa e incluye nombres de víctimas, tanto del terrorismo como de la violencia de género, que por respeto prefiero dejar al margen de mis comentarios. Les bastará con asistir, supongo que, con asombro, a la curiosa similitud con que finaliza su exposición: “Ahora imaginemos, por un momento, qué nos habría dicho Europa en caso de que España, en vez de legislar contra el terrorismo y su enaltecimiento […] hubiera convertido a los vascos en culpables colectivos. Seguramente nos hubieran dicho que atentábamos contra derechos tan fundamentales como la presunción de inocencia (porque ser vasco no te hace etarra), las garantías procesales (porque hay que demostrar el delito y no la inocencia) o la igualdad ante la ley (¿acaso no puede un cordobés hacerse etarra?). Recordemos que, en materia de lucha antiterrorista, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha perseguido excesos y tumbado sentencias demasiado duras, demasiado prolongadas o basadas en pruebas débiles o discutibles”. Lo recordamos. Y también recordamos que veintitrés años después de su aprobación Europa no nos ha dicho nada de esta ley. Tal vez eso debiera decirle algo a él. No es la única analogía desafortunada : “Antes he puesto el ejemplo de los vascos. Ahora daré otros. Reservar penas más altas a los hombres que a las mujeres porque los hombres cometen más a menudo un delito es tan insensato como dar más castigo a un marroquí que a un español por el hurto de una cartera sólo porque sean muchas veces magrebíes quienes cometen estos robos en el metro de Barcelona”. Veamos: para que esa analogía tuviera fundamento no bastaría con que los robos de cartera fueran cometidos en su mayoría por marroquíes sólo en el metro de Barcelona. La comparación tendría sentido si hubiera marroquíes robando carteras en todos los metros de todas las ciudades del mundo y ni aun así. Para que el robo de carteras por parte de marroquíes pudiera ser comparado en magnitud con la violencia de género los marroquíes deberían abandonar la comodidad del metro y robar carteras en cualquier lugar del planeta. En un tranquilo pueblo del Tirol, en una pequeña localidad de Iowa o en una aldea de la tundra siberiana debería haber un marroquí muerto de frío robando una cartera. Y ya, si queremos reflejar fielmente la situación de la mujer utilizando ese baremo, necesitaríamos que los marroquíes hubieran conquistado países enteros y hubieran impuesto en ellos una legislación indulgente con el robo de carteras. Sinceramente, no veo yo a los marroquíes capaces de tanto. Sobre el rigor Como ya se ha mencionado, Soto Ivars dice haber empleado siete años de investigación para escribir este ensayo. La profusión de notas con que lo acompaña lo hace verosímil. Evidentemente, no ha sido mi intención comprobar el contenido de cada una de ellas ni creo que ningún lector se dedique a hacerlo (se llega a citar en algún momento “cuarenta y cinco mil estudios revisados por pares” ), pero sí me he detenido en algunas relacionadas con afirmaciones que, posiblemente por acercarme al texto con algún prejuicio, me resultaban chocantes. Las notas del libro son tantas, que esta muestra minúscula podría no significar nada, aunque, insisto, la dramática trascendencia del asunto del que se ocupa, la violencia de género, exige mayor cuidado y rigor. Es cierto, como demuestra la feminista Juana Gallego en un exhaustivo estudio citado, que solo una mínima parte de los fondos del Pacto de Estado se destinó a la atención directa a víctimas mientras que el 80 por ciento de esos fondos se dedicaron a sensibilización y prevención. Y lo es también que bajo ese epígrafe hubo gastos en actividades tan poco relacionadas con la violencia de género como un Festival de perreo feminista o una cata de chocolate terapéuticos. Sorprendido por la afirmación: “Hace catorce años, un periódico tan progresista como ‘The Guardian’ informaba de que más del 40 por ciento de víctimas de violencia de pareja eran varones”, comprobé que la fuente del estudio era Parity, una organización de defensa de los derechos del hombre y los resultados una interpretación de los ofrecidos por un boletín de Home Office y la British Crime Survey. Las cifras reales eran significativamente inferiores. El error surgía de la confusión entre la proporción de incidentes reportados (donde efectivamente los hombres representaban cerca del 40 por ciento de los casos registrados) y la prevalencia en la población (donde las mujeres experimentaban violencia doméstica con mucha más frecuencia, aproximadamente el doble que los hombres). Aunque habría que contextualizar también factores como la severidad de las agresiones o la duración del maltrato , en los que las mujeres saldrían claramente perjudicadas. No es cierto como se afirma en el libro que decirle a la pareja “Te vas a enterar” suponga un delito de amenazas y coacciones leves. Si uno tiene la paciencia de leer la sentencia que se enlaza, resulta que el condenado acudió al colegio de su hija “a pesar de no tener derecho de visita legalmente establecido […] comenzó a seguirlas a escasos metros de distancia profiriendo expresiones […] tales como esto no ha terminado, te vas a enterar, no te vas a quedar con la niña” . Y luego, tras refugiarse ambas en el baño de un gimnasio él las espero fuera del vestuario hasta que intervino la policía. Se alude a “un estudio realizado por el gobierno de Australia según el cual el 30,9 por ciento de los hombres del país han sufrido malos tratos a lo largo de su vida por su pareja” . No he sido capaz de encontrar de dónde se ha extraído ese dato. El estudio, The use of intimate partner violence among Australian men , lo que de verdad dice es “One in three Australian men say they have committed intimate partner abuse” , es decir: “Uno de cada tres hombres australianos dice haber cometido maltrato contra su pareja”. En mi modesta opinión, quizás en lugar de pasar siete años investigando hubiera sido más provechoso dejarlo en seis y aprovechar el otro para sacarse el B2. He indagado brevemente sobre cómo pudo haberse producido esa confusión. A través de herramientas de rastreo se concluye que la primera aparición de ese titular en castellano se da en una cuenta de Twitter: @joseluissariego . Jose Luis Sariego es un abogado de familia que, curiosamente, aparece citado seis veces en el texto y nueve en las notas aportando veracidad a otras tantas afirmaciones del autor. Su nombre figura también en el apartado Agradecimientos entre las personas sin las cuales el autor “no hubiera podido escribir” el libro. Otra afirmación errónea es la que alberga el siguiente párrafo: “Sabemos […] que la denuncia falsa es tan frecuente que la Policía Nacional elaboró y puso en práctica durante años un sistema informático, Veripol, que identificaba esos fraudes a través de un formulario que se realizaba en las comisarías, y que dejaron de usarlo más tarde porque, al parecer, era impreciso” . A continuación, el autor dice: “No es difícil adivinar en qué campo no se utilizó nunca Veripol. Exacto: en las denuncias por violencia de género” . Hay una razón distinta a la que sesgadamente supone Ivars: Veripol no podía aplicarse a ese tipo de denuncias porque era una herramienta diseñada para descubrir denuncias falsas únicamente en casos de robo con violencia. Es también ciertamente engañoso decir que “El caso de Tommohui y Mounir […] es tal vez el ejemplo más claro del daño que puede hacer a un ser humano una condena basada en una falsa acusación. Estos dos marroquíes fueron condenados en España por una ola de violaciones y robos de la que no eran responsables a partir de ruedas de reconocimiento viciadas. Uno murió en prisión y el otro permaneció en ella quince años, los nueve últimos con todas las evidencias de que era inocente a su favor, pero entrampado en el mecanismo burocrático”. En primer lugar, los hechos ocurrieron en 1991 y fueron juzgados en años inmediatamente posteriores, detalle que el lector debería conocer para desvincular el tristísimo suceso de la Ley de violencia de género. En segundo –conozco bien el caso porque dirigí un podcast, Falsos culpables , en el que lo tratamos–, no fueron víctimas de una denuncia falsa sino de un error de identificación motivado por el tremendo parecido de uno de ellos con el verdadero violador y unas ruedas de reconocimiento plagadas de fallos de procedimiento que indujeron a las víctimas a creer que el agresor era Mounir. Nada que ver con el concepto de denuncia falsa manejado en el libro donde una mujer premeditadamente acusa a un hombre de un delito que no ha cometido con la intención de ocasionarle un perjuicio o, simplemente, beneficiarse. Tengo poca confianza en mis conocimientos sobre el manejo de los datos estadísticos, de manera que incluso en este breve resumen de errores observados es posible que haya cometido fallos. Sugiero que antes de emitir un juicio sobre lo leído lo comprueben ustedes mismos. Las denuncias falsas La cuestión fundamental de este libro, cuántas denuncias falsas hay, lo solventa el autor en poco más de dos páginas (edición Kindle). Antes se extiende sobre el “incentivo perverso” que serviría a las mujeres de móvil: la obtención de una posición ventajosa en los procesos de separación. Frente al dato que ofrece el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, un promedio de 0,0082 por ciento entre los años 2009 y 2024, el autor cree que pueden serlo un 33 por ciento del total y lanza sobre el CGPJ la sospecha de una deliberada ocultación. Cabría reseñar aquí que, por ejemplo, ni Alemania ni Francia publican datos sobre denuncias falsas, pero, a la contra, podría argüirse que su legislación es distinta a la nuestra. En ese sentido, Uruguay, el país con una legislación más parecida a la española, tampoco lo hace por considerarlas absolutamente excepcionales. La fuente que ampara la estimación de que una de cada tres denuncias es falsa es el testimonio del abogado Felipe Mateo Bueno “basándose en el estudio de cientos de casos en los que ha actuado como defensor y otros miles de sentencias leídas en el ámbito de su especialidad , corroborado por la propia convicción del autor: “Casi todos los abogados, jueces, instructores y policías de ambos sexos que he conocido hablan de esto con una naturalidad pasmosa: unos pocos estiman el 10 por ciento, otros pocos el 75 por ciento, mientras que la mayor parte se coloca entre el 20 y el 40 por ciento”. Advierte además al lector escéptico que: “Le costará encontrar letrados o magistrados del ramo que se alejen de esa horquilla” . Y si los encuentran, posiblemente al autor no le sirvan porque “algunos hay, como las juristas de la asociación Themis o la jueza feminista María Tardón, que tuvo la gentileza de hablar conmigo largo y tendido. Son profesionales cuyo mérito no discuto, pero ya conocemos el sesgo de la ideología” . Tal vez me equivoque, pero refutar una opinión en esos términos no parece la mejor forma de dar solvencia a un ensayo. Por no decir que resulta poco elegante descalificar así a quien ha tenido la gentileza de dedicarte su tiempo. Podríamos también preguntarnos si la referencia ideológica a Themis y a María Tardón supone que Ivars ha comprobado que las opiniones del resto de abogados, jueces y policías con los que ha hablado están inmaculadamente desideologizadas. Además, metodológicamente resulta un poco extraño porque es de suponer que la condición ideologizada de María Tardón no es algo sobrevenido sino más bien una circunstancia que ya la acompañaba antes de que Ivars decidiera entrevistarla. ¿Por qué hacerlo, entonces, si la ideología es un sesgo que invalida su opinión? ¿O es que si Tardón hubiera dado una cifra de denuncias falsas favorable a la estimación del autor su ideología no hubiera sido señalada como motivo para ponerla en duda? En fin, esa es otra de las características de este libro: cuando quien aporta un dato favorable a su objetivo es “ progresista” -como The Guardian - o “feminista” -como Juana Gallego- su posicionamiento ideológico se menciona como refrendo cualificado a las tesis del autor. Cuando el dato contradice esas tesis, ese mismo posicionamiento lo devalúa. Creo, para terminar, que el drama sobre el que versa Esto no existe , la tragedia incesante de los asesinatos machistas y el sufrimiento comprensible pero no comparable de quien pueda verse falsamente denunciado merecían un mejor libro. Dicho lo cual, en estos tiempos en que parece obligado insistir en lo obvio, Juan Soto Ivars tiene perfecto derecho a promocionar el suyo y a expresar sus opiniones sin verse obligado a soportar escraches de ningún tipo. Aunque tal vez no le asista el de decidir dónde deben colocar su obra las librerías que lo venden como parecía reclamar en este tuit: “Agradezco a @Fnac_ES que haya colocado mi libro de forma tan estimulante que sólo los lectores más agudos, persistentes y deseosos de conocer las verdades ocultas (como el que me ha mandado la foto) puedan hallarlo en la misteriosa tienda de Preciados” . Popper, vuelve. Tenemos un problema. Miguel Sánchez-Romero es guionista