Hace poco descubríamos en las librerías un libro, cuyo titulo llamaba poderosamente la atención: Supercomunicadores, escrito por una mujer, Aurora Michavila, experta en comunicación verbal y no verbal, conferenciante internacional, consultora estratégica de marca, actriz y formadora. En el prólogo, Jon Sistiaga nos dice que los años que esta autora pasó en Nueva York estudiando arte dramático perfilaron su forma de ser y de comunicar, su forma de estar en el mundo, su manera de hablar, de sentir. Este libro no vende felicidad, vende esfuerzo y constancia. Y ofrece resultados. Decía Zygmunt Bauman, el señor de los tiempos líquidos, que ahora «todas las ideas de felicidad acaban en una tienda». Me he permitido hacer referencia a uno de los últimos libros escritos sobre el ancho campo de la comunicación, porque el evangelio que se proclama este segundo domingo del Tiempo Ordinario en las eucaristías nos ofrece el «relato» de una presentación importantísima, realizada por Juan Bautista, nada más y nada menos que de Jesús de Nazaret. Y lo hace con una exclamación: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!». Una exclamación que va acompañada por una mirada y un gesto de la mano que señala a Jesús. Imaginemos la escena: Estamos a orillas del río Jordán y Juan está bautizando. Hay mucha gente, hombres y mujeres de distintas edades que han acudido al río para recibir el bautismo de las manos de ese hombre que a muchos les recordaba a Elías, el gran profeta que nueve siglos antes había purificado a los israelitas de la idolatría y había restablecido la verdadera fe en el Dios a la alianza. Juan predica que el reino de los cielos se aproxima, que el Mesías está a punto de manifestarse y que hay que prepararse, convertirse y comportarse con justicia. La gente acudía para arrepentirse de sus pecados, para hacer penitencia, para empezar una nueva vida. Juan sabe que el Mesías ya está cerca, y la señal para reconocerlo será que el Espíritu Santo se posará sobre Él. Cuando llega la hora, Jesús se presenta en la orilla del río rodeado por la gente, pecadores como todos nosotros, formando parte de la fila, como símbolo de la caravana de la humanidad. Sabemos lo que pasará, lo celebramos el domingo pasado: El Espíritu Santo en forma de paloma desciende sobre Jesús y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto. Es la señal que Juan esperaba. ¡Es Él! Jesús es el Mesías, el rey de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios que redime y quita el pecado del mundo. Así lo indica Juan a la gente y a sus discípulos: «Con una exclamación, con una mirada, con un gesto». Juan nos enseña a «proclamar» verdades, a «ofrecer» noticias, cuyo valor va más allá de lo anecdótico. La «presentación» que hace el Bautista del Mesías es crucial para nuestra fe y para la misión de la Iglesia.