Las plantas de biogás son el último paso —por ahora— de la transición hacia las energías renovables. La tecnología no es en absoluto nueva: el primer biorreactor se levantó a mediados del siglo XIX en la India, donde no debía faltar la materia prima a base de bosta de vaca y otras inmundicias. A partir de la crisis energética de los años 70, esta forma de obtener combustible comenzó a despertar el interés de los científicos y especialistas. Hoy las cosas han cambiado mucho, pero la fuente de los generadores sigue siendo la misma: residuos orgánicos procedentes de la actividad humana, esencialmente la agricultura y la ganadería.