Hay momentos que marcan destinos. Decisiones acertadas, errores ajenos, golpes de suerte, carambolas endiabladas… Un gesto de uno que termina salvando a todos. Al Córdoba CF de la temporada 2017-18 se le había torcido todo desde el principio. Iba en picado. Nada le salía bien. Y la peor sensación es que parecía que lo estaba mereciendo. Así lo entendían muchos dentro de los muros de El Arcángel, donde ya se detectaba un insufrible tufo a olla podrida, y también en un entorno envenenado por intereses y venganzas. El caso es que el curso no era, ni por asomo, cómodo. Y allí, como pieza referencial de aquel equipo en permanente reconstrucción, estaba él. Inamovible en la portería. Encargado de proteger a un Córdoba desnortado.