Al cumplirse el primer año del segundo mandato de Donald Trump es evidente que ha sembrado una incertidumbre máxima a escala mundial, ha hecho saltar por los aires las normas más elementales del derecho internacional, ha desgastado la relación con los aliados, ha arremetido contra la división de poderes en Estados Unidos y ha deshumanizado sin miramientos la gestión de los flujos migratorios. Mientras la economía estadounidense emite señales preocupantes y las encuestas reflejan una caída permanente de la aceptación de las políticas de Trump, él persevera en la ruptura con todo lo conocido hasta la fecha y se entrega a una estrategia de índole neoimperial. Una deriva que incomoda en igual medida a quienes no le votaron y a un porcentaje cada vez mayor de los que lo hicieron confiando en su promesa de campaña de que no alentaría guerras y se centraría en los asuntos internos, adscrito a una nueva versión del aislacionismo.