Javier, curador de Pipo: «Es lo mejor que me pasó en la vida»

A Pipo le cuesta esperar a que el día empiece del todo. Antes de abrir los ojos, ya sonríe. Es su manera de anunciarse. De decirle al mundo que, por difícil que se ponga, sigue siendo un lugar habitable. Luego sí, los abre y busca con la mirada a Javier Fernández, «mi Javier». Es un podólogo vigués solo cinco años mayor que él, que se ha convertido en padre o hermano adoptivo; en referente. Hogar. El ritual de cada mañana llega como otros piden café: «Hola, precioso mío. ¿Me das un besito?». Javier se ríe, protesta por la exageración cariñosa —«qué pesado eres»— y termina cediendo. Pipo, a veces, ordena todo ese universo en una frase tímida: «Ay, soy tan feliz».