Veo este espacio como una esquinica con un ventanuco grande de madera y cristales limpios abrazados por las hojas de una enredadera. Un sillón de abuela y una pequeña mesa camilla. Una estantería con libros de los ochenta y una caja de discos heredados. Un cuadro de mi madre y dos luces indirectas, de esas que cubren el espacio con una tenue luz cálida, como la de la huerta cuando atardece en primavera. Quizás sonando una melódica balada, también ochentera. Desvencija el cojín blandico del sillón al acurrucarse en las palabras, muchas veces construidas para darle un golpe al tiempo que nos supera. Un espacio en el que compartir, el verbo con el que siento que puedo responder a todo.