La ausencia y el recuerdo

Hay herencias que no se escriben en testamentos ni se miden en bienes. Son esos legados invisibles que se transmiten de forma callada, a través de gestos, acentos o silencios. A mi abuelo le debo el mar: su inmensidad, su carácter cambiante, la capacidad de entender su humor igual que él entendía el mío. De él aprendí que el mar no es solo geografía ni un paisaje que se contempla, sino un estado de ánimo que se respira. Su amor por el agua salada fue el primer idioma que compartimos, el que me enseñó a mirar el horizonte con la paciencia de quien sabe que todo vuelve, incluso la calma. A mi abuela, en cambio, le debo lo que soy por dentro y por fuera. De ella heredé mi fenotipo, mi acento y, sobre todo, mi cerebro neurodivergente: esa manera distinta de ver el mundo que a veces duele, pero que también me hace capaz de percibir matices donde otros solo ven evidencias. Mi abuela fue una mujer que hizo mucho con lo poco que la vida le dio, una estratega del día a día que me enseñó lecciones prácticas y a la vez trascendentes: nunca salir sin dinero ni sin llaves, porque la independencia comienza en lo cotidiano. Había en su voz algo irrepetible. Sus rasgos dialectales del Atlántico eran un mapa de historias y mareas, un eco de generaciones que hablaron antes que ella. Cantaba tanguillos como si fueran canciones de cuna, con esa alegría melancólica que solo tienen las mujeres que aprendieron a reírse del destino. Su acento lo cultivó como quien cuida una planta, con la misma paciencia y precisión con la que cosía ropa o hacía punto. Gracias a ella, sé que el lenguaje no es solo una herramienta de comunicación, sino una forma de pertenencia: hablar es un acto de memoria y, gracias a ella esa memoria sigue viva. Mi abuela se fue en sus propios términos, fiel a su manera de estar en el mundo. Y aunque su partida fue serena, me dejó una sensación de vacío difícil de nombrar. Hoy, cuando la recuerdo, me invade una desesperanza silenciosa: mi infancia se está quedando sin lugares a los que volver. No me refiero solo a las casas o a los barrios, sino a los vínculos que los hacían hogar. Quizás crecer, al final, sea aprender a habitar esos espacios que ya no existen y acostumbrarse a la idea de que todo es efímero.