Cada lector, incluso en horas bajas, contiene su propia epifanía. Digamos su momento en el que siente la imperiosa necesidad de mudarse a otro sitio, ya sea decapitando a su colección de hadas y de elfos o dejándose bigote en la caseta de obra de algún pueblo estrambótico del sur. Esto, que generalmente coincide con el final del periodo larvario, signifique esto lo que signifique, es lo que los expertos no dudarían en calificar de madurez, con la salvedad de que se trata de una madurez literaria, lo que siempre arrastra una feliz diferencia respecto a la madurez biológica general; el hecho de que con la literatura la madurez no suele implantarse del todo y la conexión con la primera etapa, por muy capullo que se fuera en ella, no acaba nunca de desaparecer. Con la lectura simplemente ocurre que se adquiere otro tono, corte de pelo o circunstancia. En especial, cuando los rusos sustituyen a los extraterrestres y sus historias nos empiezan a interesar más. Entre otras cosas, porque a veces también tienen sus naves espaciales. Y porque inventaron el alma y hasta a Gogol y el samovar.