El Carnaval de Cádiz ya ha comenzado con las primeras actuaciones del concurso de agrupaciones en el Teatro Falla, llenando la ciudad de alegría. Este evento es la excusa perfecta para descubrir la capital gaditana, considerada la ciudad más antigua de Occidente, un destino que ofrece luz y un refugio contra el frío del invierno. La llegada a Cádiz es en sí misma un espectáculo, ya que la ciudad se presenta casi como una isla. Cruzar el imponente puente de la Constitución de 1812, conocido popularmente como La Pepa, es la puerta de entrada a una experiencia única que sumerge al visitante en un enclave rodeado por el mar. El recorrido puede comenzar en su casco histórico, caminando hacia la Catedral de la Santa Cruz. Su cúpula de azulejos amarillos brilla con el sol, y su fachada, construida con "piedra ostionera", está llena de fósiles marinos y conchas. Tocar sus muros es "como tocar casi el fondo marino de hace muchísimos años". Para obtener las mejores vistas, es imprescindible subir a la Torre Tavira, el punto más alto del casco antiguo. Cádiz llegó a tener más de 160 torres miradores desde donde los comerciantes vigilaban la llegada de los barcos de las Américas. En su interior, una cámara oscura proyecta en tiempo real la vida de la ciudad, una visita curiosa descrita como "el gran hermano del siglo XVIII". Para sentir el pulso de la ciudad hay que perderse en sus barrios. El Pópulo está considerado el barrio más antiguo de Europa, un laberinto de callejuelas al que se accede por arcos medievales. Aquí se encuentra el Teatro Romano, el segundo más grande de la Hispania romana, descubierto casi por casualidad. Si se habla de carnaval, hay que visitar La Viña, un antiguo barrio de pescadores que es "el corazón latente de la ciudad". Aquí el verdadero monumento es su gente. Un paseo por la calle de La Palma, llena de vida y banderas, permite disfrutar de las agrupaciones "ilegales" o callejeras, que cantan sus coplas al oído de los viandantes. Caminando por La Viña se llega a la playa de la Caleta, un escenario de cine que en la película de James Bond "Muere otro día" se transformó en La Habana. Flanqueada por los castillos de San Sebastián y Santa Catalina, esta pequeña playa familiar regala una de las postales más bellas de Andalucía con sus barquitas de colores meciéndose en la orilla. En Cádiz se come "de escándalo", pero hay que saber qué pedir. Un buen lugar para empezar es el Mercado Central de Abastos, una joya del neoclásico con un Rincón Gastronómico en su centro donde se puede comprar producto fresco o pedir que lo cocinen en el momento. El pescaíto frito es un imprescindible. En freidurías clásicas como Las Flores se puede pedir un cartucho de cazón en adobo (allí llamado "bienmesabe") o unos chocos. Mención especial merecen las tortillitas de camarones, que deben ser "muy finas, como un encaje crujiente y con muchísimo sabor a mar". Otra parada obligatoria es la Taberna Casa Manteca, una institución en el barrio de La Viña. En esta antigua taberna taurina hay que pedir los "papelones", especialmente los de chicharrones de Cádiz, que consisten en panceta de cerdo asada y cortada fina, aderezada con limón y sal y acompañada de una copa de vino de Jerez. El broche de oro de la visita es volver a la playa de la Caleta para disfrutar del atardecer, un ritual que en Cádiz es "casi una religión". El sol se pone entre los dos castillos tiñendo el cielo de colores rojos y violetas. Es habitual que, cuando el sol se esconde, los presentes en la playa aplaudan como homenaje a la belleza de su ciudad. Con su historia milenaria, la alegría de su carnaval, una comida para chuparse los dedos y uno de los mejores atardeceres de España, Cádiz se confirma como un destino ideal para una escapada en cualquier época del año.