Hay decisiones que transforman una vida. La de Daniel Segalerva, un banquero malagueño de 47 años, ha sido aparcar la corbata, el despacho del banco, los números y las rutinas en una ciudad como Málaga para embarcarse en un viaje mochilero de cuatro meses por el corazón de África. Una aventura en solitario que comenzó a finales de agosto y que le ha llevado a recorrer siete países (Etiopía, Malaui, Mozambique, Namibia, Botsuana, Sudáfrica y Mauricio) con lo mínimo, en una búsqueda personal lejos de su zona de confort. Una aventura que ha detallado en los micrófonos de COPE MÁS Málaga. Todo comenzó como respuesta a varios factores: su pasión por los viajes, una "pequeña crisis existencial o la llamada crisis de los 40" y la necesidad de volver a los orígenes. "Decidí África porque era la manera de volver a los orígenes, y decidí el mochileo sin ninguna logística porque tenía ganas de salir de la zona de confort y ponerme a prueba", explica este banquero, deportista y también aventurero. El objetivo era claro: ver si regresaba valorando más lo que se tiene aquí. Fue, en sus palabras, "un viaje psicológico, hacia afuera y hacia adentro". La preparación fue más mental y logística que física. A pesar de ser deportista, el principal desafío consistió en estudiar las rutas, los conflictos locales como la guerra en el norte de Etiopía y las fronteras terrestres seguras. Para ello, se apoyó en la web del Ministerio de Exteriores, pero el resto del viaje fue pura improvisación. "Nunca planeaba más de dos días en adelante. Intentaba ir al día, por si encontraba un sitio donde me encontrara bien, quedarme más días, y si no, pues seguir mi camino", detalla. La primera parada, tras volar a Adís Abeba, fue el valle del Omo, en el sur de Etiopía, hogar de algunas de las tribus más ancestrales del continente. Lo describe como "un viaje en el tiempo" al Neolítico, donde vivió sin luz ni agua y durmió en chozas. Allí aprendió a convivir con el miedo a los escorpiones o a las serpientes, un temor que fue desapareciendo con los días. "A medida que pasaban los días, perdías totalmente la noción del peligro y no te planteabas esas cosas", confiesa en COPE. Lo más impactante de su viaje ha sido la gente. Este banquero malagueño relata cómo, al llegar de noche a pueblos sin alumbrado ni alojamientos, la generosidad local superaba cualquier expectativa. Al preguntar dónde podía dormir, la respuesta era siempre la misma: "No, pero te vienes a mi casa". Ha vivido experiencias como ser acogido por una mujer y sus hijas sin que cuestionaran su presencia o ver cómo otra madre "cogió de cada plato de sus cuatro hijos un poquito y me lo dio a mí", sin pedir nunca nada a cambio. En una de las tribus etíopes, su condición de occidental le convirtió en un "estorbo", como él mismo relata con humor. Físicamente, no podía aguantar el ritmo de caza de los hombres, por lo que su rol en la comunidad cambió por completo: "Al final me tiraba cuidando a los niños y ayudando en otras tareas". Esta experiencia le demostró que, en la África profunda, no era visto como un atractivo económico, sino simplemente como un visitante más. Pero la aventura también tuvo su cara amarga. Lo peor, asegura, fue contraer la malaria en Malaui o Mozambique. La enfermedad se manifestó en Namibia, donde tuvo que ser ingresado. "Estar solo en un hospital en África durante tres días fue complicado, pero incluso de eso se aprende", recuerda. También pasó momentos de tensión al cruzarse con serpientes como la mamba negra, aunque aprendió de los locales una técnica clave para ahuyentarlas: "Si vas haciendo mucha vibración en el suelo, normalmente se suelen ir. Por eso ellos caminan levantando mucho los pies, para generar mayor vibración al andar y que las serpientes los sientan y huyan", relata el aventurero. "Quizás mi momento de mayor ansiedad fue al encontrarme con la tribu Mursi (fotografía que encabeza este reportaje), quizás sea una de las más temidas de toda África. Yo sabía que esa tribu, en el 2024, había matado a un fotógrafo español y son conocidos por sus cambios de carácter, su agresividad, y por no dudar en matar a quien sientan como un enemigo. Desde el principio intenté usar mi mejor arma, y la que me abrió más puertas en las tribus, ganarme la confianza de los pequeños y hacerlos sonreír. Si los padres ven que sus hijos están bien, ellos se relajan y no te ven como una amenaza. Sin duda fue la tribu con la que más precauciones tuve que tomar y dónde te sientes más amenazado", recuerda con nostalgia el malagueño. Más allá de la experiencia personal, el viaje de Daniel ha dejado una huella solidaria. En cada país que visitó, se comprometió a apadrinar a niños que no podían ser escolarizados. Ahora mantiene el contacto con los profesores de sus escuelas, quienes le envían fotos y le informan de sus progresos. "Espero poder seguir ayudándoles desde aquí", afirma, refiriéndose a su nueva "familia en Etiopía, en Malaui, en Mozambique y en Namibia". La aventura también le convirtió, sin buscarlo, en un fenómeno en redes sociales, pasando de 2.000 a un pico de 25.000 seguidores en Instagram. Sin embargo, la vuelta a casa no ha sido fácil. "Casi me está costando más aclimatarme ahora aquí que lo que me costó allí", admite. El contraste entre la vida sencilla y social de África y el consumismo de la Navidad (justo cuando volvió) en Málaga le ha hecho reflexionar sobre los valores perdidos, cosas que "aquí se están perdiendo, como el ayudar a alguien que no conoces o el tener una conversación con un vecino. Vivo en una urbanización y solo conozco a tres vecinos". Su consejo para quien quiera seguir sus pasos es claro: viajar, salir y, sobre todo, no intentar imponer la cultura propia, sino "empaparte de lo que viven allí". Ya tiene en mente su próxima aventura, que podría llevarle a Sudamérica para recorrer Bolivia, Colombia y Panamá, aunque una parte de él quiere volver a África para explorar Uganda y Ruanda. Porque, como ha demostrado su viaje, a veces hay que irse muy lejos para encontrarse a uno mismo.