El Secretario de Estado de la Santa Sede, Parolin alerta sobre el nuevo orden mundial: "se está extendiendo un desprecio por la paz y la justicia"

El nuevo orden mundial no solo responde a una teoría conspiranoica sobre reptilianos e illuminatis que nos quieren dominar, es un término que describe a la perfección la situación geopolítica. Nuestra sociedad es el resultado de una globalización que se inicia con el imperialismo europeo que salta por los aires tras las dos guerras mundiales. Después, el mundo se sumerge en una lucha bilateral entre dos superpotencias de un tamaño nunca visto, Estados Unidos al frente del bloque capitalista y la Unión Soviética al frente del bloque comunista. Literalmente, el mundo estaba dividido en dos modelos contrapuestos que inventaron los enfrentamientos proxy en Vietnam o en Afganistán, por ejemplo. Debilitar al enemigo, mediante terceros agentes. Ya en esa época, el bloque comunista empezaba a resquebrajarse, Yugoslavia no se plegaba a los mandatos de Moscú, tampoco lo hizo la China de Mao o la Camboya de Pol Pot, se empezaban a vislumbrar un mundo mucho más complejo que la dicotomía entre capitalismo y comunismo. La URSS colapsó a principios de los 90 y parecía que dejaba vía libre a Estados Unidos para establecer un orden mundial unilateral, con una única gran potencia dominante. Mientras tanto, China crecía, Rusia se reconstruía, países como India o Brasil comenzaban a tomar fuerza, Irán y los ayatolás se consolidaban como potencia regional en el espacio vital de Israel, el gran aliado de Estados Unidos en Oriente Medio; Europa, gran socio comercial, financiero y militar estadounidense, se quedaba sumida en un letargo de comodidad basada en el desarrollo humano, que descuidaba otros aspectos estratégica y geopolíticamente importantes. El mundo se encaminaba a la situación actual, en la que varias potencias compiten por ser la dominante. Para tratar de evitar los excesos de las potencias más poderosas, se instauró el derecho internacional, una serie de normas que abogaban por instaurar un orden mundial en el que no cupieran los abusos. Ese derecho internacional y las instituciones y organismos supranacionales que velan por su cumplimiento, han estado siempre en el punto de mira. En muchas ocasiones, no tienen la capacidad, ni la jurisdicción para sancionar al que incumple. Lo vemos en ejemplos muy claros, la Corte Internacional de Justicia es el órgano de la ONU que, sobre el papel, funciona para resolver los asuntos entre los países, dictando sentencias sobre las diferentes disputas. Parece un órgano muy necesario y que debería ser muy importante. Sin embargo, apenas conocemos su actividad. La razón es simple, los países no respetan su autoridad. Muchos de los casos acaban en nada, bien porque la Corte no tiene jurisdicción, bien porque la causa acaba desestimada por la imposibilidad de la corte para probar nada. Incluso cuando hay sentencia, muchas veces los países condenados deciden no aplicar las sanciones a las que son condenados, relegando al Tribunal que está en la Haya como un órgano inútil. Lo mismo ocurre con el Tribunal Penal Internacional, dirigido a personas y no a países. El tribunal ha sido noticia en los últimos años por condenar a Putin o a Benjamin Netanyahu, pero más allá de la condena sobre el papel, en la realidad no ha tenido ningún impacto. Ninguno de los dos está detenido o cumpliendo sentencia, ni mucho menos han dejado de tener el cargo desde el que han cometido los crímenes de los que se les acusa. El único cambio que ha tenido en la vida de Netanyahu es que, cuando vuela a Estados Unidos, país que ni siquiera reconoce este Tribunal, procura esquivar el espacio aéreo de países como España, que han prometido detenerle si se da la ocasión. Esta situación de degradación de las instituciones internacionales, las convierten en meros órganos de presión y de mediación con muy poca capacidad de intervenir ante un crimen de guerra, un atentado contra la soberanía de otro país o contra su integridad territorial. De esto se han ido dando cuenta, poco a poco, las principales potencias del mundo. Estados Unidos tiene un largo historial de intervenciones armadas en otros países en pos de un beneficio en forma de recursos naturales o comerciales o territoriales; Rusia se saltó todo el derecho internacional para ocupar Ucrania, China actúa con más sutileza, pero se sabe de sobra que tiene intención de ocupar Taiwan, un país que reclaman como propio. "La fuerza se sobrepone a la justicia" asegura Pietro Parolin ante la diplomacia vaticana. De esa manera, el Secretario de Estado de la Santa Sede, pide que el multilateralismo que conforma el orden mundial actual y que parece acentuarse de cara al futuro, signifique más diálogo y cooperación, que se trabaje por lo positivo de ese multilateralismo y no se acreciente un mundo más violento, lleno de hostilidad, en el que el más fuerte se sienta con derecho para abusar del débil.