A nadie le gusta que le roben, eso está claro. Y menos aún que los ladrones se hagan con algo en lo que deposita su tiempo y su cariño, como los productos naturales, sobre todo si además son su modo de vida. Así que se puede entender el tremendo enfado que arrastra un agricultor (o agricultora) al ver cómo en su huerta o plantación (no se alcanza a ver el tamaño total de la tierra de cultivo) se están produciendo robos.