En medio de un cambio pensado para ganar estabilidad y cerrar una etapa, el Príncipe Guillermo se ha encontrado con una pequeña pero significativa renuncia. El heredero al trono británico, conocido por utilizar patinetes eléctricos para desplazarse por los extensos terrenos de sus residencias, ya no podrá hacerlo en su nuevo hogar. Guillermo y Kate Middleton se instalaron el año pasado en Forest Lodge, una mansión georgiana catalogada como Grado II, situada dentro de Windsor Great Park, en el condado de Berkshire. La decisión supuso dejar atrás Adelaide Cottage y apostar por una residencia más amplia y definitiva para criar a sus tres hijos: George, Charlotte y Louis. Forest Lodge representa un paso importante para los Gales. No solo duplica el tamaño de su anterior vivienda, sino que se concibe como un espacio pensado a largo plazo, lejos del ruido de Londres y con mayor privacidad. Sin embargo, vivir dentro de Windsor Great Park implica someterse a una normativa estricta. Entre esas normas hay una que afecta directamente a Guillermo: los patinetes eléctricos no están permitidos dentro del parque, una prohibición que responde a criterios de seguridad y de gestión del tráfico interno. A diferencia de otras zonas vinculadas al castillo de Windsor, aquí no hay margen para excepciones. El uso del patinete no era una excentricidad puntual. Guillermo lo había incorporado a su rutina diaria como una forma práctica, rápida y sostenible de moverse por terrenos donde las distancias engañan. De hecho, en los últimos años se le ha visto en varias ocasiones desplazándose en dos ruedas, incluso durante compromisos informales o grabaciones televisivas. Este detalle había reforzado su imagen de royal moderno, poco dado a rigideces innecesarias y alineado con soluciones de movilidad más ecológicas. Precisamente por eso, la prohibición resulta llamativa: no es una decisión personal, sino una regla que viene impuesta por el entorno. Según fuentes cercanas al entorno real, Guillermo asume la norma sin problema. No hay malestar ni intención de forzar excepciones. El príncipe entiende que Windsor Great Park funciona como un espacio protegido y que la seguridad prima sobre las preferencias individuales, incluso cuando se trata del heredero. El cambio, en cualquier caso, ilustra bien cómo esta nueva etapa combina ventajas evidentes —más espacio, más intimidad, un entorno pensado para los niños— con pequeños sacrificios cotidianos. La mudanza a Forest Lodge también está cargada de simbolismo. Adelaide Cottage quedó asociada a una etapa emocionalmente compleja para la familia, marcada por la enfermedad y el fallecimiento de Isabel II. Este traslado busca, en parte, pasar página y construir nuevos recuerdos. Y aunque el balance es claramente positivo, hay una conclusión clara: ni siquiera el futuro rey puede saltarse las normas del parque. En su nuevo hogar hay más espacio, más tranquilidad… pero el patinete, esta vez, se queda aparcado.