Seis años después

La más grave de las inundaciones en la Vega Baja este primer cuarto de siglo ha sido, con gran diferencia, la autóctona de “Santa María”, acaecida 12 y 13 de septiembre de 2019. El observatorio del Sistema Automático de Información Hidrológica (SAIH) de la Confederación Hidrográfica del Segura en Orihuela midió, del 12 al 15 de dicho mes de septiembre, 521,6 mm; a destacar su fuerte concentración en breves intervalos, entre las 11:00 y 13:00 horas del día 12, jueves, cayeron 184,4 mm y 191 de las 7:00 y 10:00 de la mañana siguiente (viernes, 13); diluvios tan copiosos e intensos prestaron base a un enlagunamiento de enorme amplitud: la práctica totalidad de la Vega Baja; y muy duradero, casi lo que restaba de mes en el término de Dolores. Las lluvias fueron asimismo torrenciales en las sierras de Orihuela y Callosa, desencadenando poderosas llenas en ramblas y barrancos. Durante las mencionadas fechas la sinergia de un conjunto de componentes ocasionó los referidos aguaceros. La responsabilidad de la inestabilidad atmosférica se relacionó, esencialmente, con la presencia de una dana. Sin que esta afirmación dejara de ser cierta, requería, por doble motivo, cierta matización. En efecto, ha de tenerse bien presente que el acrónimo lexicalizado “dana” es concepto de gran extensión y poca comprensión, que abarca configuraciones diversas en la vertical y manifestaciones varias (en este caso, evolución a sistema convectivo de mesoescala de un desarrollo ciclogenético de Baleares); de otra parte, la fuerte inestabilidad atmosférica imperante no fue, en modo alguno, imputable enteramente a la situación en los niveles superiores; cabría hablar de deuteragonismo entre aquella y la existente en superficie. No puede infravalorarse la condición muy inestable de aire tropical continental en origen que, enriquecido en vapor procedente de las cálidas aguas mediterráneas, hasta la saturación, adquirió fuerte carga higrométrica y elevado potencial de energía latente. La liberación de esta en el proceso de condensación permitió que el aire ascendiese con un reducido gradiente pseudoadiabático, en contraste con el gradiente real, exagerado por la presencia de aire frío en altitud. Así pues, fue el acabado acoplamiento o ensamblaje de las situaciones de superficie y altura la que “desgarró el firmamento” y posibilitó, en un par de ocasiones, la apertura de “las cataratas del cielo”.