Antes de los drones, los satélites o la radio, la guerra ya era una constante humana. Y en ese escenario, la tecnología punta, el transporte, la comunicación y, a veces, la propia munición, tenían patas, plumas o pezuñas. Guillermo Díaz abre en "La Enciclopedia Oculta" una historia bélica donde los animales fueron usados como piezas centrales en los conflictos. Durante milenios, como cuenta Guillermo Díaz a Adolfo Arjona, la guerra fue principalmente un problema logístico: mover hombres, hierro y suministros de forma rápida y en condiciones extremas. En ese contexto, "los animales fueron, durante milenios, el motor del mundo", actuando como camiones, ambulancias, sistemas de mensajería o detectores de peligro. Incluso en pleno siglo XXI, con la inteligencia artificial y la vigilancia térmica, el olfato de un perro o el sónar de un delfín siguen siendo herramientas valiosas en el campo de batalla. Si hay un animal que representa el terror en el campo de batalla antiguo, es el elefante. Su uso era más psicológico que táctico, una herramienta para infundir un pavor paralizante. Tal y como detalla Guillermo Díaz, el impacto de ver venir una línea de paquidermos hacía temblar el suelo y rompía las formaciones enemigas. Figuras históricas como Alejandro Magno o Aníbal entendieron perfectamente su poder. "En campo abierto, un elefante de guerra es una pared viva que avanza". Ante ellos, el soldado más valiente solo deseaba huir. Pero el elefante tenía un gran defecto: no era una máquina, sino un ser vivo que podía asustarse. Si entraba en pánico, ese "tanque con trompa" podía girarse y arrollar a sus propias filas, como le ocurrió a Aníbal cuando Escipión el Africano hizo sonar todas las trompetas a la vez. Los romanos descubrieron también su miedo al grito de los cerdos. En una batalla, llegaron a untar cerdos en brea, prenderles fuego y lanzarlos contra los elefantes para provocar el caos, una táctica tan cruel como efectiva que obligó a los cartagineses a criar a sus elefantes junto a cerdos para acostumbrarlos a sus chillidos. El caballo, por su parte, se convirtió en el centro del poder militar cuando el ser humano descubrió que la velocidad decide imperios. Este animal cambió la escala del mundo, permitiendo explorar, saquear, perseguir y golpear al enemigo por sorpresa. La invención del estribo fue un punto de inflexión, ya que permitió al jinete usar la lanza con toda la fuerza de la embestida del caballo, convirtiéndose en una pieza central de los ejércitos en la Baja Edad Media. El caballo era un lujo que transformaba a un infante en un caballero, el guerrero más potente de su tiempo. Igualmente cruciales fueron las mulas y los burros. Estos animales han sido los verdaderos artífices de muchas victorias. La mula es el "todoterreno del pasado", capaz de llegar donde ningún vehículo puede, aguantando frío, hambre y caminos imposibles. Su resistencia garantizaba que la munición llegara, que los heridos fueran evacuados y que la comida alcanzara el campamento. En el desastre de Annual, por ejemplo, disparaban a las mulas antes que a los hombres, conscientes de que cortar los suministros era más dañino. El mejor amigo del hombre también ha sido un soldado leal y polifacético. El perro ha servido como centinela, explorador, mensajero y rastreador. Su verdadero superpoder, más allá de morder, es su olfato, capaz de detectar infiltrados, encontrar heridos o localizar minas y explosivos con una fiabilidad asombrosa. Pero también existen usos oscuros: perros utilizados para intimidar a prisioneros o los terribles "perros bomba" soviéticos, entrenados para correr debajo de los tanques enemigos pensando que encontrarían comida, momento en el que se detonaba la carga que llevaban adosada. En el ámbito de la comunicación, la paloma mensajera fue "alta tecnología con plumas", un sistema de comunicación que no dependía de cables ni ondas y que era muy difícil de interceptar. Su capacidad para volver a su palomar era un activo estratégico vital. Enviar órdenes, pedir apoyo de artillería o confirmar posiciones eran misiones que dependían de estas aves, que funcionaban cuando todo lo demás fallaba. Como recuerda Guillermo, "alta tecnología no significa siempre lo más sofisticado, es lo que funciona cuando todo está ardiendo". La inventiva humana para la guerra ha llegado a límites insospechados, utilizando casi cualquier ser vivo como arma. Se han lanzado colmenas de abejas contra legiones romanas o se han soltado insectos en posiciones atrincheradas. También se ha experimentado con la guerra biológica, usando pulgas o mosquitos para transmitir plagas. Una de las ideas más demenciales fue el proyecto estadounidense de los "murciélagos bomba": atar pequeños dispositivos incendiarios a estos animales para que, al buscar refugio en los tejados de madera de las ciudades japonesas, provocaran cientos de incendios simultáneos. Pero, ¿Cómo se adiestra a un animal para que ignore sus instintos y se comporte como un soldado? Nacho Sierra, experto en modificación de conducta y director de la Escuela de Formación Profesional Canina, cuenta en "La Noche de Arjona" que el proceso empieza con una selección genética muy estricta. "No vale cualquier perro", afirma. Se buscan líneas de sangre con cualidades instintivas específicas y luego se selecciona a los mejores cachorros de la camada, testándolos desde los tres o cuatro meses. El siguiente paso es el condicionamiento para que no sientan miedo ante el fragor del combate. Para superar el pavor a las explosiones, se utiliza el condicionamiento clásico de Pávlov. "Lo que hacemos es asociar un sonido con una situación placentera", explica Sierra. Se empieza con sonidos a gran distancia mientras se da comida al animal, y progresivamente el sonido se hace más intenso. De esta forma, "neutralizamos esa reacción de miedo y la convertimos en una reacción todo lo contrario, una reacción incluso de alegría". La historia de los animales en la guerra es un relato de ingenio, crueldad y sacrificio. Muestra cómo el ser humano ha convertido la naturaleza en una extensión de sus propios conflictos. Hoy, aunque la tecnología domine el campo de batalla, la lección persiste: en las situaciones más extremas, a veces el mejor aliado no tiene un chip, sino plumas, hocico o colmillos.