Los baños de Pompeya eran una sopa de orina, sudor y plomo: el lujo romano que hoy sería un foco de infecciones en el que nadie querría meterse

Composición tóxica - El equipo de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia descubrió restos biológicos y metales pesados en los depósitos de las termas, lo que demuestra que aquellos baños funcionaban como fuentes de suciedad más que de limpieza. Pompeya por tu cuenta: como aprovechar al máximo tu visita a la antigua ciudad romana El movimiento del agua siempre ha exigido ingenio y esfuerzo. En la antigüedad, ese flujo vital dependía de sistemas mecánicos primitivos que transformaban la fuerza humana en energía hidráulica. En muchos asentamientos antiguos, las norias o ruedas de cubos eran el corazón de ese proceso, movidas a ritmo constante por manos y cuerpos sometidos al peso del trabajo. En Pompeya , extraer el agua se hacía con uno de esos mecanismos de elevación, que necesitaba la fuerza de esclavos para mantener en funcionamiento los baños públicos. El sistema era rudimentario, pero imprescindible para procurar la vida cotidiana de una ciudad que ya conocía el valor del agua corriente. Esa dependencia del esfuerzo humano marcó los límites de la higiene antigua y, con ello, explica por qué los estudios modernos se han centrado en desentrañar qué calidad tenía aquella agua que parecía tan preciada. Un estudio moderno revela que las termas eran focos de contaminación El estudio de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia , publicado en la revista PNAS , examinó los depósitos minerales hallados en las termas y conducciones de Pompeya y descubrió que las aguas acumuladas en sus piscinas contenían restos biológicos y metales pesados. El equipo, dirigido por la geocientífica Gül Sürmelihindi y el geoarqueólogo Cees Passchier , analizó capas de carbonato cálcico para reconstruir la composición del agua y su origen. Los resultados mostraron que los baños públicos eran focos de contaminación más que lugares de limpieza y que el supuesto refinamiento romano ocultaba un problema de salubridad. Aquellas termas, más que espacios de bienestar, funcionaban como reservorios de suciedad y agentes tóxicos. Mucho antes de la llegada del Imperio romano, la ciudad de Pompeya ya contaba con sistemas de abastecimiento creados por los samnitas . En el siglo II a. C., cuando aún no existían acueductos, se construyeron los llamados B años Republicanos , alimentados por pozos de más de cuarenta metros de profundidad. El agua se elevaba con una rueda movida por esclavos, lo que limitaba su cantidad y frecuencia. Los cálculos realizados por los investigadores sitúan el volumen máximo entre 900 y 5.000 litros por hora, suficiente apenas para llenar las piscinas una o dos veces al día . El líquido permanecía estancado durante horas, expuesto al contacto con numerosos cuerpos y heridas, un entorno ideal para la proliferación de bacterias. El análisis químico de los restos calcáreos ha permitido identificar el tipo de contaminación que sufrían aquellas aguas. Los depósitos de cal actuaron como cápsulas del tiempo: conservaron señales químicas de grasa humana, orina y otras materias biológicas. Además, los investigadores detectaron concentraciones de plomo, zinc y cobre, metales que procedían de las calderas y las cañerías. Estos elementos se liberaban con facilidad cuando el agua se calentaba, multiplicando la toxicidad del baño. La investigación ha demostrado que, más que un lugar de limpieza, los baños eran una mezcla de fluidos corporales y residuos metálicos que circulaban en las mismas instalaciones donde los ciudadanos buscaban descanso. La llegada del acueducto romano transformó la higiene de la ciudad La situación cambió con la llegada de Roma en el año 80 a. C. La construcción de un acueducto permitió traer agua desde manantiales situados a más de treinta kilómetros de la ciudad. Esta infraestructura transformó por completo el abastecimiento: el caudal alcanzó los 160.000 litros por hora, lo que hizo posible renovar las aguas de las termas varias veces al día . El estudio comprobó que, tras la entrada en funcionamiento del acueducto, los niveles de materia orgánica en los depósitos disminuyeron notablemente. Aunque el avance mejoró la higiene, las termas continuaron siendo espacios de contacto masivo y, según los estándares actuales, insalubres. El acueducto también abasteció las fuentes públicas, pero su sistema de distribución presentaba un nuevo riesgo. Las tuberías estaban fabricadas en plomo, un material que con el tiempo se recubría de minerales protectores, aunque cada reparación liberaba partículas tóxicas. Los habitantes más pobres, que dependían de las fuentes callejeras, se veían más expuestos a la contaminación . En cambio, los hogares ricos, con cisternas privadas, recogían agua de lluvia y evitaban en parte el contacto con el plomo. La desigualdad social, por lo tanto, se manifestaba incluso en la calidad del agua disponible para cada clase. La relevancia del estudio no solo radica en lo que revela sobre la higiene romana, sino en la técnica utilizada para llegar a esas conclusiones. El análisis isotópico de los depósitos de cal ha permitido reconstruir con precisión la evolución del sistema hidráulico de Pompeya. Los patrones detectados en los isótopos de carbono incluso apuntan a la influencia de la actividad volcánica previa a la erupción del Vesubio. Con este método, los investigadores han recuperado una historia material que explica cómo la ingeniería y la contaminación convivieron en una misma estructura urbana, ofreciendo una visión tangible de las condiciones reales del baño público en la Antigüedad.