Silencio y mucho respeto. Han pasado poco más de doce horas desde el trágico accidente ocurrido en Adamuz y el pueblo no ha llegado a dormirse del todo. La noche transcurrió en vela: trasladando material y medicinas, moviendo personas, respondiendo llamadas y, sobre todo, acompañando a las víctimas y a sus familiares. A primera hora de la mañana, muchos de ellos seguían reunidos en el hogar del pensionista, convertidos en un improvisado refugio emocional. Allí, entre cigarrillos, vasos de café ya fríos y teléfonos que no dejaban de marcar, la espera se hacía interminable.