Si caminas por la calle en cualquier ciudad de España, verás cada vez menos niños, más ancianos y, sobre todo, muchos más perros. Este fenómeno, lejos de ser una anécdota, refleja una transformación social profunda que responde a factores económicos, culturales y de estilo de vida. Concretamente, en Cantabria hay censadas cerca de 300.000 mascotas, según datos del Registro de Animales de Compañía Identificados. De todos estos animales de los que se tiene constancia, la gran mayoría son perros, algo más de 273.000 canes. Pues fíjate en lo siguiente: en nuestra comunidad hay 67.490 niños menores de 14 años, o lo que es lo mismo, hay cuatro perros por cada niño. Ya no solo es que cada lustro que pasa, el número de nacimientos cae en picado, sino que, ¿es posible que las familias prefieran adoptar un perro que tener hijos? ¿Por qué sucede esto? Para analizar esta realidad, el profesor de Sociología de la Universidad de Cantabria, Juan Carlos Zubieta, ha explicado los motivos que llevan a muchas personas o parejas a adoptar una mascota antes que a plantearse tener descendencia. Según Zubieta, el aumento del número de perros en los núcleos urbanos se debe principalmente a tres factores. El primero es el aumento de la soledad en la sociedad industrial. En segundo lugar, actúa un factor de imitación, ya que "vemos otras familias que tienen perros y parece que lo pasan bien, y entonces les imitamos". Finalmente, el sociólogo apunta a que "cada vez hay más facilidades para tener un perro, y menos para tener hijos", lo que consolida esta tendencia. A esto se suma un cambio en la forma de relacionarnos con los animales. Zubieta recuerda que hace décadas encontrabas más perros en zonas rurales, que servían para cuidar el ganado o vigilar, mientras que ahora se han integrado en la vida urbana. "Se les trata como si fuera un niño, se les abraza, se les llama con diminutivos, se les pone un lazo, un abrigo...", explica el profesor, destacando la marcada humanización que experimentan las mascotas hoy en día, que son consideradas un miembro más de la familia. En la otra cara de la moneda se encuentra el descenso de la natalidad, un fenómeno en el que el factor económico es determinante. Muchos jóvenes se enfrentan a una gran inestabilidad laboral y a precios de la vivienda disparados. "¿Cómo me voy a casar? Si tengo un empleo muy inestable, o muy precario, o ni siquiera lo tengo, y los precios de los pisos están disparados. Así no me puedo emancipar", explica Zubieta sobre el sentir de la juventud, que ve casi imposible pensar en formar una familia. Pero la economía no es el único motivo. El cambio en el estilo de vida también juega un papel fundamental. "Ahora hay muchos jóvenes que dicen: 'Yo tengo un niño, pero después quiero tener tiempo para viajar, para divertirme'", señala Zubieta. La paternidad implica un nivel de compromiso y unas obligaciones que chocan con las prioridades de una parte de la población, que valora la flexibilidad para progresar en el trabajo, incluso si eso implica cambiar de país. Además, el reducido tamaño de los pisos en las grandes ciudades también dificulta plantearse tener más de un hijo. Este panorama genera una gran preocupación por el relevo generacional. Sin embargo, fomentar la natalidad se presenta como una tarea "complicada". Zubieta insiste en que revertir la situación es difícil si no mejoran las condiciones económicas y laborales de los jóvenes y no se facilita el acceso a la vivienda. Asimismo, subraya la importancia de las medidas de conciliación para hacer compatible la vida laboral con el cuidado de los hijos. Finalmente, el sociólogo hace una reflexión sobre la diferencia de compromisos. Mientras que un hijo "es para toda la vida", un perro tiene una esperanza de vida corta, lo que implica menos preocupaciones y obligaciones a largo plazo. A pesar de todo, Zubieta concluye reafirmando el valor de los vínculos personales: "Para mí lo más importante es la familia". Incluso si dentro de eso a lo que llamamos familia entran nuestras mascotas.