Ruta ártica

Aunque quienes gobiernan Estados Unidos niegan la existencia del cambio climático, saben que el hielo ártico se está derritiendo en algunas zonas, lo que propicia que ese mar helado permita la navegación durante el verano. Cualquiera que mire un globo terrestre verá que ahí arriba, alrededor del Polo Norte, Rusia, Estados Unidos, Canadá y los países nórdicos son vecinos cercanos. Y Groenlandia, claro. En octubre pasado el ‘Istambul Bridge’, un buque chino cargado con casi cinco mil contenedores, llegó al puerto británico de Felixtowe desde Ningbo-Zhoushan (China) tras veinte días de travesía ártica. Con este viaje, el armador se ahorró muchísimo dinero y un mes de tránsito, lo que habría necesitado para llegar al mismo sitio a través de la ruta tradicional por el Canal de Súez. Lo más sorprendente es que ni siquiera requirió el apoyo de un rompehielos para avanzar por tan inhóspito camino. Seguramente Donald Trump y sus asesores han dedicado semanas a estudiar cómo está el patio: China, su archienemigo comercial (y tras el desfile del Día de la Victoria, también militar), tiene cinco rompehielos; Rusia, su antagonista tradicional, atesora una poderosísima flota de 57 rompehielos, seis de ellos de propulsión nuclear. Estados Unidos tiene dos y ha encargado apurado la construcción de una decena porque ve que, claramente, se ha quedado atrás en esta competición ajena a la mayoría de la población. Hay en juego negocios de miles de millones, lo que más le gusta al inquilino de la Casa Blanca, y no está dispuesto a perder pie. Pero, ay, Rusia tiene el 53 % de las fronteras árticas y solo haciéndose con la inmensa Canadá y la enorme Groenlandia, Washington sería capaz de mirar a Moscú de tú a tú.