Gran película de Polanski (1974), donde una investigación anodina destapa una oscura conspiración de los poderosos. Los medios (Forbes, The Independent, Vanguardia-Mex) han publicado que –según el político ultraconservador Johan Robert Bolton– el instigador de la ocurrencia de comprar Groenlandia fue Ronald Lauder, heredero de la cadena homónima y presidente del Congreso Judío Mundial. Lauder, tras venderle la idea a Trump, comenzó a adquirir participaciones y negocios en la isla (The Guardian, Israel National News). Recordemos el supuesto ‘estudio’ científico Iceworm de los EEUU en Groenlandia –que Dinamarca dio por bueno–: en realidad, una base militar bajo el hielo (Camp Century) para instalar 600 misiles nucleares apuntando a la URSS. El proyecto se abandonó en 1967, dejando allí residuos tóxicos, incluidos lubricantes y selladores con bifenilos policlorados (PCB), aguas residuales, miles de litros de diésel y refrigerante radioactivo de bajo nivel del generador nuclear PM-2A, que el deshielo hará aflorar en pocas décadas. Dinamarca prefirió no enterarse; pero también la UE ha mirado a otra parte –cuando no ha colaborado con el intervencionismo militar y el genocidio palestino– a cambio de que EEUU le cubriera la seguridad militar. Ahora sus logros sociales son insostenibles y encima no tiene ejército. ¿Es viable enfrentarse a Trump? EEUU tiene 80.000 soldados en Europa. ¿Dejaremos de usar el dólar? ¿Nos aliaremos con China o con Rusia? ¿Saldremos de la OTAN? ¿Romperemos relaciones comerciales? Como recurso retórico «Groenlandia no está en venta» suena impecable, pero quizá convenga no abandonar el pragmatismo y explorar que Groenlandia fuese estado asociado de los EEUU, arrancando unas buenas condiciones de esa ‘venta’ (sanidad, educación) y el compromiso de resolver la catástrofe tóxica que se avecina allí. Trump y sus amigos quieren hacer negocios; pararlos no será sencillo.