Alicante debe abandonar la periferia cultural

Hace cuatro años, leí en el periódico británico The Guardian que los mejores fotógrafos de España habían lanzado un llamamiento casi desesperado para que alguna ciudad española acogiese el Centro Nacional de Fotografía, con el fin de conservar las imágenes que habían tomado durante décadas. Enseguida escribí un correo electrónico al alcalde de Alicante y a la diputada de Cultura para proponerles que Alicante se postulase para albergar un centro en las antiguas harineras que pudiera convertirse en un referente mundial de la imagen. Creo recordar que recibí un acuse de recibo, agradeciéndome el gesto, pero la idea no entusiasmó (está previsto que el centro se inaugure este año en Soria). Hace unos días, el último informe del Observatorio de la Cultura situó a la ciudad de Alicante en el puesto 28 de 45 en cuanto a calidad e innovación de la oferta cultural. La quinta provincia y la décima ciudad de España en población, en el puesto 28, con el Museo de Arte Contemporáneo (MACA) como única institución alicantina destacada en el conjunto de país (puesto 52 de 110 en total). Alicante debe empezar a ver la cultura como un sector económico. No se trata de estar más o menos arriba en una clasificación. Se trata de que Alicante se convierta en un centro de producción, capaz de exportar espectáculos de teatro, contenidos audiovisuales, orquestas y proyectos musicales, literatura, artes gráficas y plásticas, y un largo etcétera a todo el país. La diferencia entre ser un centro de producción y un mero centro de exhibición reside en la capacidad de que cada institución, proyecto o acontecimiento cultural tengan un impacto en el territorio, den empleo a los trabajadores de la cultura, atraigan profesionales de fuera a vivir aquí, creen tejido social en los barrios y formen a las nuevas generaciones en las disciplinas culturales.