La salud mental también derrota a Eric Montes: «No quería sufrir más»

Hace casi dos meses que Eric Montes (Barcelona, 1998) pulsó el botón de reset de su vida. Aquel 19 de diciembre, cuando anunció en Algeciras, en la sede de su último club, que dejaba el fútbol profesional, respiró aliviado tras casi un lustro donde apenas disfrutó sobre el césped. «Fue un desahogo. Despedirme, decir adiós a tantos momentos malos para comenzar de cero. Ahora, soy otra persona, soy feliz», comenta el mediocampista, que llegó a ser el capitán de Barcelona juvenil donde Marc Cucurella o Carles Aleñá eran piezas claves de aquel plantel que estuvo a punto de alcanzar la final de Youth League en el curso 2016-17. «No quería sufrir más, el fútbol se convirtió en algo que no me gustaba, donde no me encontraba a gusto, no disfrutaba», señala, mientras define cómo ha alcanzado la felicidad que había olvidado en los últimos años: «Tengo la conciencia tranquila porque estoy en el sitio donde quiero estar, porque estoy haciendo lo que quiero hacer con mi vida. Esa es la forma en la que entiendo ser feliz. Y, hasta ahora, no lo era». Regresar a Manresa, a sus orígenes, olvidarse de las rutinas diarias de la competición, dar un portazo a su pasado, a los sueños y portadas de prensa, formatear de nuevo su presente para «dejar de ser perfeccionista, para disfrutar el momento de vivir y confiar de nuevo en lo que puedo ser capaz de hacer«. »Lo necesitaba», dice Montes tras acomodarse en una situación donde la salud mental es la clave de su bienestar. «Puede parecer que se tiene todo, que la gente habla de ti, que movemos a los aficionados, pero hay algo más, la necesidad de tomar las riendas de tu vida. Menos mal que creo que me he dado cuenta a tiempo», sostiene de forma contundente. Explicar el origen de su inestabilidad emocional en el fútbol le hace retroceder a 2021, cuando firma con el Albacete. Antes, tras dejar el Barcelona, había jugado en el filial del Girona con Pedro Porro o en la Cultural Leonesa. «He sido muy perfeccionista, me comía mucho la cabeza si fallaba y no disfrutaba el momento. Eso me pasó en el Albacete. Llegaba a un proyecto muy importante y no me salieron las cosas como yo había planeado. Vivía frustrado y quería siempre más», explica. «Todo me pasó factura. Me puse encima mucha presión y ahí comenzaron mis problemas», relata. El jugador sabía que llegaba como piedra angular a un proyecto en Primera RFEF recién descendido de Segunda que aspiraba a regresar de inmediato a la categoría: «Creo que fui el primer fichaje. Llegaba de ser muy importante en la Cultural, con un gran contrato que me hizo no valorar opciones en Segunda, con unas expectativas elevadas, pero no cumplí. Me quedó grande el Albacete por culpa mía». Montes tardó muy poco en darse cuenta de la situación que vivía en el club manchego: «No jugué de titular las dos primeras jornadas y me pareció raro. Pero luego, cuando lo fui, no cumplí las expectativas y me comí la cabeza. Empecé a no disfrutar». Se unió en ese momento que Rubén de la Barrera, técnico entonces del equipo, no le asignaba una posición fija en el once. «Siempre he sido mediocentro, pero me tocó jugar de lateral, haciendo funciones que me hacían sufrir mucho en defensa. La gente la tomaba conmigo y eso me superó. No tenía ganas de despertarme por las mañanas para ir a entrenar». Y fue el inicio de su espiral hacia los infiernos. «No quería hacer planes; era ir del piso al entrenamiento, no había más. No conocí apenas la ciudad porque no estaba mentalmente bien».   Finalmente, en esa campaña, el equipo logró el ascenso en el famoso encuentro ante el Deportivo en Riazor. Gana el cuadro manchego en un ambiente muy hostil, con todo en contra, y Montes disputa los últimos 25 minutos de la prórroga. Muchos aficionados desconocen el contexto en el que sobrevivió el jugador sobre el césped: «Tras el gol que nos ascendía, jugué llorando. Fueron diez minutos en los que solo me salía la rabia que llevaba dentro, por un lado, y la ilusión de ganar cuando no éramos ni favoritos». Saborear ese regreso fue un proceso muy breve. «Al día siguiente me dicen desde el club que no cuentan conmigo y que me ceden. Fue un bajonazo, no pude ni sentirme importante un día tras un año muy difícil», lamenta Montes. Incide en que lo peor fue no darse realmente cuenta del proceso que sufría: «La ayuda no me sirvió. Iba a un psicólogo, pero no me dejaba ayudar, no creía en lo que me decía. Es posible que me hubiera ayudado a cambiar, pero no quería verlo. Sabía que tenía condiciones físicas y técnicas, pero me falló la cabeza». Con la distancia del sufrimiento que había ido emergiendo con el paso de los partidos, el jugador poco a poco comienza a tomar conciencia de lo que le sucedía. Se replantea su futuro y sale de España. Destino Bucarest, en el histórico Dínamo: «Fue el mayor error que he cometido en mi vida a nivel deportivo. Me di a la fuga en Rumanía al poco de llegar al país. No lo veía claro y colapsé, estuve a punto de estallar. Fue un verano con muchas cosas tras ascender con el Albacete. Al final, tuve fortuna y el penúltimo día antes del final del mercado me firmó el Nástic». Insiste Montes en que priorizar el aspecto económico por encima del deportivo también le ayudó a iniciar la cuesta abajo emocional: «Alguna vez he tenido que decidir mejor, pero me he dejado llevar por buenos contratos, pese a los consejos». Y ahí entra en juego su agente, José Manuel Espejo: «La persona que más ha confiado en mí, y mira que se la he liado varias veces con esos impulsos que me daban. No hice caso a lo que me aconsejaba, pero siempre estuvo conmigo, sin fallarme». Con la distancia de estas semanas alejado del ruido del balón en los entrenamientos, lejos de los meses que pasó lesionado en Algeciras -incluso viajaba esta primera parte de la campaña con el equipo pese a no estar disponible: «No podía quedarme en casa, quería no estar solo y sentirme parte de la plantilla»-, ahora se asoma a una nueva vida «para nada solucionada con el fútbol«. «Me ha dado para tener un coche, un pisito en Santpedor y mucha ilusión para empezar de nuevo. Estoy estudiando un Grado Superior de Imagen para el Diagnóstico, sacando el carnet para conducir camiones y vuelvo a estar con ganas de vivir como quiero, con la gente que quiero estar, no sintiéndome solo». Su buen momento de ánimos se refleja en su vida diaria: «Regresar a casa, a Manresa, es lo mejor que me ha pasado. Toda mi gente se alegra, me dicen que hasta tengo mejor cara». Alejarse, decidirse a cerrar la puerta al fútbol profesional, le ha ayudado a mirar atrás sin cortapisas: «En el fútbol hay muy pocos amigos, se cuentan con los dedos de las manos. Son compañeros, pero no amigos. A veces, si te pueden pisar te pisan, algo que yo no he hecho nunca. Para lo bueno y para lo malo soy una persona transparente, se me nota a leguas como soy, y eso es algo que me ha pasado factura porque soy alguien a quien me ven venir». Sí habla bien de Iván Turrillo, el capitán del Algeciras: «Es mi hermano mayor, quien más me ha ayudado estos últimos años. También está Julen Castañeda, de mis tiempos en la Cultural. Con pocos más he tenido una relación tan estrecha en mi carrera». Aunque destaca también al internacional del Chelsea Cucurella: «Solemos hablar, aunque de lo que me ha sucedido, aún no. Sabe que he dejado el fútbol. Me ha invitado a ir a Londres, a ver partidos de fútbol, y seguro que lo haré, pero más adelante». El fútbol, de momento, se ha quedado aparcado al margen de sus proyectos de vida: «No veo nada, ningún partido, solo al Barcelona muy de vez en cuando. Ya en los últimos tiempos no veía ni a los rivales, había perdido la ilusión, sentía pereza». Eso hizo que se volcara en otros deportes «adoro el baloncesto, de siempre. La NBA me encanta y la NFL. Esos deportes sí los veo, cada día, como poco, un partido». Y añade: «Es muy complicado trabajar en algo que no te gusta. A mí me gustaba jugar y era responsable y profesional, pero no me gustaba lo que hacía. Ahora me he liberado». Solucionar su desaguisado mental, encontrar salida a los fantasmas que le impedían ser quien es ha sido su mejor papel: «Ir sin caretas me ha venido bien. Es muy difícil hacer ver que todo va perfecto, la repercusión ante la afición, las redes sociales, no fallar cuando se compite... Al final, cumplimos un papel de cara a los demás, pero, en mi caso, me ha hecho daño». Aclararse y tomar la decisión de romper con todo le ha servido para respirar, para enfrentarse a su futuro y saber dónde pudieron estar sus errores: «No me faltó cariño, lo tenía todo, pero no era yo. Me he sentido muy solo porque nunca me llegué a abrir a los demás. Debí escuchar más y no cerrarme en mí mismo. Parece que lo tenemos todo, pero no es así. También se sufre demasiado». Ahora, en un regreso a sus orígenes, cerrará el círculo fuera del profesionalismo jugando gratis en el CE Manresa de tercera RFEF: «Sin presión, alejado del fútbol que hace daño, para disfrutar, pero sabiendo que hay cosas más importantes. Mi vida ya no es el fútbol».