Raúl Moro: «Acabarán poniéndonos micrófonos a los jugadores para saber lo que decimos»

Solo tiene 23 años, pero le sobran experiencias. Cantera del Espanyol y del Barça; dos aventuras italianas en la Lazio y el Ternana; una en el Ajax, otra en Oviedo, una más en el Valladolid y, desde hace un mes, en Pamplona. Raúl Moro (Abrera, Barcelona, 5 de diciembre de 2002) es uno de los dos fichajes invernales de Osasuna, que esta tarde recibe al Madrid en un partido, como siempre, caliente y con puntos muy importantes en juego. -¿Cómo es Abrera? -Un pueblo pequeñito, de 14.000 habitantes, que está a unos cuarenta kilómetros al sur de Barcelona. Allí viví hasta los 16 años y tengo a toda mi familia y amigos. Es mi casa y lo será siempre. -¿A qué se dedicaban sus padres? -Mi madre, al mundo de la estética, y mi padre, al de la hostelería. Familia humilde y trabajadora que hizo muchos sacrificios para que mi hermana y yo lucháramos por nuestros sueños. -¿Era cocinero su padre? -No, no. Era gerente de un restaurante. El que es cocinero soy yo. En los veranos, cuando no tenía nada que hacer o estudiaba alguna asignatura que me había quedado para septiembre, por las mañanas mi padre me decía que echara una mano en la cocina del restaurante y a mí me encantaba. Y también lo hacía en casa de mi abuela. Me ponía en la encimera y me encantaba ayudarla en todo lo que cocinaba. Si no hubiera sido futbolista, sería cocinero. -¿Cuál es su especialidad? -La comida española. También aprendí en mi etapa en Italia la cocina de allí, sobre todo a cocinar muchos tipos de pasta, pero la española es la que mejor se me da. Me sale muy bien el arroz con conejo y pollo. Lo aprendí de mi abuela. Y tengo facilidad para cocinar cualquier plato, aunque nunca lo haya hecho. Miro a algunos de los chefs que me gustan, me aprendo la receta y me suele salir bien. La verdad es que se me da bastante bien la cocina, pero, siendo sincero, creo que soy un poco mejor futbolista que cocinero (risas). -¿Cuándo empieza a jugar al fútbol? -A los cuatro años, en el Promesas del Abrera. Luego estuve seis años en el Igualada. Dos en el Gimnástica Manresa, uno en el Espanyol y otro en el Barcelona. En ese año, en la Masía, hice una buena temporada en el Juvenil B, pero en la siguiente no me aseguraban que subiera al Juvenil A, y no era lo mismo jugar en División de Honor que en División Nacional. Entonces llegó una propuesta de la Lazio, que me ofrecía jugar en el Primavera y estar en dinámica del primer equipo, y no lo dudé. -¿Aprovechó la oportunidad? -Me pilló inmaduro y cometí algunos pequeños errores. Por ejemplo, había días que salía justo de casa y eso hacía que en una temporada pudiera llegar el último al entrenamiento ocho o nueve veces. O tampoco era el primero en ir al gimnasio. Pero claro, eso lo vi con el paso de los años. Pensaba: «Si me lo hubiera tomado más en serio», «si hubiera tomado ejemplo de los jugadores veteranos para ser como ellos»... Pero también es verdad que a Roma llegó un niño y se fue un hombre. Ya empecé a vivir solo, a saber lo que eran las responsabilidades, a mirar por los gastos, por las tareas domésticas. Esos tres años en Italia me pusieron las pilas. -Entre agosto de 2022 y enero de 2026, en solo dos años y medio, cuatro equipos hasta aterrizar en Osasuna. ¿Por qué? -Es que la Lazio llegó un momento en que ya decidió no darme la oportunidad de jugar en el primer equipo, y por eso iba de cesión en cesión. Yo quería jugar con ellos, pero no fue posible. Así que jugué en el Ternana, en la Serie B; en Segunda, en el Oviedo; en Segunda y en Primera con el Valladolid y el verano pasado fiché por el Ajax, una vez que se consumó el descenso del Valladolid. Si no hubiera bajado, yo estaba muy feliz allí. Y en el Ajax lo que pasó es que a Heitinga, el entrenador que pidió mi fichaje, lo echaron a los dos meses y ya no fue lo mismo. Él me dio partidos, confianza y paciencia, pero cuando lo despidieron el nuevo entrenador ya no contaba tanto conmigo. Y en enero salió la oportunidad de Osasuna, que me ha firmado cinco años y medio, y no me lo pensé. Era la estabilidad que buscaba y, encima, en un proyecto en España, que es donde creo que mejor juego al fútbol. -¿Cómo es Osasuna? -Es un club familiar y especial, pero también exigente y ambicioso. Y es normal porque viene de años muy buenos y eso se quiere mantener. Pero también es verdad que aquí la prioridad es salvarse y, después, lo que venga, bienvenido sea. -¿Es cierto que escuchas música romántica antes de los partidos? -No, no. No es romántica. Es música que a lo mejor a algunas personas les puede parecer triste, pero a mí me ayuda a concentrarme, como por ejemplo «Experience» o «Love Me Again». Luego escucho Coldplay y las últimas son de Morat y Anuel, ya para activarme del todo. -Hoy su primer Osasuna-Madrid. Palabras mayores. -Venimos de una racha muy buena y estamos convencidos de sacar un buen resultado. Y El Sadar siempre aprieta contra el Madrid. -¿Le gusta más el Madrid de Arbeloa que el de Xabi? -Pues al final son los mismos jugadores. Tengan el entrenador que tengan, es el Madrid. -Hablemos de lo que pasó el martes en Lisboa. ¿Bailar para celebrar un gol es provocar? -Un gol es un momento de euforia y Vinicius es brasileño. Y la esencia de los brasileños es bailar. Lo hemos visto en muchos jugadores de allí: Neymar, Ronaldinho... No me parece que fuera una falta de respeto su celebración en Lisboa porque es algo que ha hecho todos estos años en el Madrid. Lo hace en el Bernabéu y lo hace fuera del Bernabéu. Es su esencia y su forma de entender la vida. -¿Sancionaría a un futbolista que se tapara la boca durante un momento de máxima tensión y gresca? -Podría ser una buena solución, pero cualquier futbolista que lleva un cierto tiempo en el fútbol profesional y ha tenido un roce, por pequeño que sea, se ha llevado la mano a la boca. Quizás sería una forma de dejar de hacerlo, pero es un tema complicado. Por ejemplo, lo que pasó en Lisboa. Es la palabra de Vinicius contra la de Prestianni . Solo ellos —bueno, y Mbappé, que dice que lo escuchó— saben realmente lo que se dijeron, pero no hay una prueba que lo demuestre. Al final, acabarán poniéndonos micrófonos a los jugadores para saber lo que decimos, porque, si no, habrá situaciones como la del otro día en las que será la palabra de uno contra la de otro.