La coronación del Rey Momo

La vida moderna nos ha hecho olvidarlo, pero los carnavales tienen un sentido ritual. No solo son unos días de desahogo antes de que los supersticiosos se sometan a los rigores de la cuaresma. Son, desde mucho antes de que la doctrina cristiana impusiera el ayuno y la abstinencia durante los cuarenta días previos al “domingo de resurrección”, una forma de renovar el mundo. O, para ser más precisos, las fuerzas que lo impulsan. Representan una abolición momentánea de las normas sociales y éticas que habitualmente respetamos, un breve retorno al caos primigenio antes de encarrilarnos de nuevo en la conducta civilizada que debemos observar cotidianamente. Se toleran por eso, en las fechas que lo comprenden, desbordes de todo tipo bajo la protección de las máscaras. Borradas las identidades, nadie es responsable de nada y que viva Changó… Preside, además, la instalación de este mundo al revés una figura mítica que la tradición ha bautizado como el Rey Momo. Un monarca que ostenta también una máscara grotesca, emblema del escarnio de la virtud y la sensatez que caracteriza su reinado. En algunos lugares se le entregan las llaves de la ciudad a un individuo disfrazado de ese peculiar soberano cuando la celebración de los carnavales inicia; en otros, se lo corona entre bailes extáticos y aporreos de tambores que anuncian el motín que se está desatando.