El profesor que destapó a Colón y da por muerto lo 'woke' en los campus de Estados Unidos

Hay un pasillo prohibido en la Universidad de Notre Dame (Indiana), desde que el despertismo, lo que los anglosajones llaman movimiento 'woke', revolucionara los campus norteamericanos y, después, los de medio mundo. En el pasillo en cuestión hay doce murales dedicados a Cristóbal Colón pintados entre 1882 y 1884 por el artista italiano Luigi Gregori, que salió del Vaticano para adornar el interior de la que es la universidad católica más influyente de los Estados Unidos. Las pinturas permanecen tapadas desde 2019, pero hay un profesor de Historia que ha logrado que durante los pocos días de octubre en los que se deja que caigan las lonas se cree una absoluta fiesta alrededor de los murales. No es un profesor de Historia cualquiera, sino el historiador británico Felipe Fernández-Armesto , hijo del periodista español de igual nombre, y que ocupa la cátedra William P. Reynolds en la mencionada universidad. Fernández-Armesto es un gran amigo de Boris Johnson, al que conoció en Oxford, y ha dado clase en una lista interminable de tótems de la academia como Yale, Harvard, Columbia, Cambridge y Edimburgo. «Yo ya soy un anciano, un viejo, imagínate lo que sería para mí estar en un curso frente a jóvenes que son como seres ajenos porque se abre un bache cultural enorme entre ellos y yo. En cambio, cada año simpatizamos más, tienen gustos, digamos, muy conservadores, como los míos», explica Fernández-Armesto con ese don de la amabilidad que sólo tienen los verdaderos sabios. Este profesor de aire renacentista cuenta a ABC que el 'destape' de las pinturas de Colón se ha convertido de un tiempo a esta parte en una especie de celebración pública a la que asisten turistas, alumnos, profesores y personal universitario que se reúnen bajo la cúpula dorada que es símbolo de Notre Dame. Al principio, todos pensaron que la actividad sería algo marginal y clandestino, pero resulta que se han terminado organizando conferencias, visitas y clases. Una fiesta. Lo más llamativo es que este ritual nació como consecuencia de un acto de ocultamiento: la paradoja de que lo que el 'wokismo' quiso borrar, hoy atrae a más gente que nunca. La historia empieza en 2019, incluso antes del asesinato de George Floyd . Ese año, el rector de Notre Dame, el padre John Jenkins, anunció que la universidad cubriría los doce murales que representan escenas clásicas de la vida del Colón, como su paso por La Rábida, la bendición franciscana, la llegada a América o el regreso ante los Reyes Católicos. Jenkins justificó la decisión en una carta: en años recientes —afirmó— muchos consideraban que los murales eran «como mínimo ciegos a las consecuencias del viaje de Colón sobre los pueblos indígenas», y en el peor de los casos «denigrantes». También anunció que se tomarían fotografías en alta resolución para exponerlas en otro lugar junto a imágenes que reflejaran «la cara más oscura» del descubrimiento. La universidad no actuaba por sorpresa, pues ya en 1997 se formó un comité que decidió acompañar los murales con un tríptico explicativo para contextualizar. Pero en 2019, el clima político y universitario en Estados Unidos ya no era el de los años noventa. En pleno auge del revisionismo identitario , la presión para retirar símbolos históricos se había convertido en una especie de obligación moral y el resultado más automático fue el gesto más visible: taparlos. Fernández-Armesto, que es especialista en historia de la exploración y autor de una premiada biografía de Colón, explica cómo se construyeron los argumentos que llevaron a la cobertura. Según refiere, hubo dos motivos principales. De un lado, evitar la «ofensa» a algunos alumnos , que veían en Colón un «monstruo imperialista» y un opresor. De otro, proteger las pinturas de posibles actos de vandalismo, ante el clima de hostilidad generado por el activismo. Este historiador defiende que la supuesta ofensa no estaba en la intención ni en el contenido real de los murales, sino «en los cerebros de espectadores». Gregori, el fundador de Notre Dame y quienes encargaron el ciclo pictórico no pretendían humillar a nadie, sino lo contrario: demostrar que se podía ser católico y estadounidense a la vez, en un país donde los católicos habían sido durante décadas una minoría perseguida. Los murales, explica, son inseparables del clima del siglo XIX, cuando el nativismo anticatólico era «desenfrenado» en Estados Unidos y las comunidades católicas —muchas inmigrantes— eran socialmente despreciadas. En ese marco, Colón funcionaba como una figura unificadora, casi un patriarca simbólico de la nación, adoptado incluso por los padres fundadores. El profesor, además, señala un elemento que desmonta el cliché «colonialista» que se atribuye a las pinturas: la representación de los indígenas no es denigrante, sino más bien idealizada. En palabras de Fernández-Armesto, Gregori los pinta como «gigantes», con trajes espléndidos , armas y dignidad. Incluso afirma que, en varios murales, los españoles aparecen moralmente por debajo de los indígenas. Por ejemplo, en el cuadro del encarcelamiento de Colón, son los indígenas quienes lo consuelan caritativamente, mientras los españoles lo humillan. Ese detalle, resulta verdaderamente devastador para la lógica 'woke', porque refleja cómo la categorización de la obra como racista se lleva a cabo sin mirar el contenido real de las pinturas. En mitad de la polémica por la decisión, la universidad prometió que los murales seguirían disponibles para docencia e investigación. Pero Fernández-Armesto constató que aquella declaración de intenciones no llegaría a cumplirse. Cuenta que intentó destapar las pinturas para un curso entero dedicado a la historia de los murales, pero no se lo permitieron e incluso la universidad le obligó a dejar de impartir el curso. Notre Dame se limitó a dejar que una vez al año se descubrieran los murales, un gesto burocrático para cumplir con el expediente que Fernández-Armesto aprovechó para organizar allí conferencias abiertas y, cuando encaja en el temario, clases presenciales frente a las pinturas. «El público aumenta año tras año, no sólo en cantidad sino en intensidad, en afición. La escena demuestra que el despertismo, que no es más que despotismo, está retrocediendo, hay una reacción contra lo 'woke'», sentencia. En cualquier caso, este historiador británico de ascendencia española admite que Notre Dame no es Harvard, Princeton o Yale. Como universidad católica, sostiene, tiene «otros valores» y el revisionismo no es tan devastador como en otros campus, pero precisamente por eso su caso es relevante. Porque si incluso en Notre Dame se vivió el impulso de tapar a Colón, entonces el fenómeno era realmente hegemónico. Los murales del descubrimiento de América siguen cubiertos la mayor parte del año en el pasillo prohibido para la historia y, formalmente, el 'wokismo' ganó la batalla institucional. Pero, culturalmente, está perdiendo otra.