Como un auténtico vendaval, los pontevedreses empezaron el derbi muy propositivos, con la presión muy alta y sin dar posibilidad ninguna a los lucenses de salir con el balón jugado desde atrás. El daño grana se centraba en las bandas, ya sea con centros laterales, producto de Alberto Gil, o con internadas desde el costado, obra de Diego Gómez. El esfuerzo local era muy evidente ante un equipo de Yago Iglesias que era incapaz de dormir ese arreón. Más que ocasiones reales, los disparos y ofensivas de los hombres de Rubén Domínguez eran sorpresas que no pasaban del "¡Uy!" en el público de Pasarón. Las ocasiones del Lugo, en menor frecuencia que las del Pontevedra, se gestaron en errores en salida de balón de la zaga lerezana, motivado en buena medida por un Garay fuera de posición que se le veía un poco incómodo en ese contexto, aunque sin crear un peligro real. Con el paso de los minutos, el frente miñoto, influido en buena medida por la figura de Álex Gallar, bajando hasta la sala de máquinas para generar desequilibrios, arrojó un jarro de calma y sosiego sobre el boyante partido pontevedrés. Con ello, las oportunidades de abrir el marcador se desvanecieron y las fuerzas se igualaron.