Un beso de entrega a aquel que murió por amor

En el silencio del templo, una monja de las Siervas de María inclina su frente y deposita un beso lleno de ternura en los pies del Crucificado de las Cinco Llagas. No es un gesto aprendido, sino una entrega sencilla y profunda, nacida de años de fe y de amor callado. Sus manos, arrugadas por el tiempo y la oración, sostienen con delicadeza aquello que para ella es consuelo y esperanza. En ese momento no hay ruido ni mundo exterior, solo intimidad y devoción. El beso no es sólo veneración, es gratitud, es súplica, es confianza absoluta en Aquel que dio la vida por amor.