Puesto que todos lo hacen, incluidas personas con grandes responsabilidades públicas, hoy les contaré un cuento totalmente inverosímil, aunque por supuesto verídico y basado en hechos reales. Autobiográficos además, literatura del yo, por sí decir. El caso es que yo de jovencito era muchísimo más listo que ahora, sin comparación, aunque me perdía la pereza y la desgana. Nunca terminaba los puzles, me daba pereza y sabedor de los engorros de la inteligencia, nunca intenté construir un robot, como hacían entonces los japoneses listos, pero sí un motor de ondas gravitacionales que solucionase la crisis petrolífera de entonces. Aquí hay que decir que las ondas gravitacionales son muy difíciles de manejar incluso a nivel teórico, por lo que mi prototipo era pequeño, del tamaño de un paquete de tabaco y escasa potencia, porque no era cuestión de curvar el espacio-tiempo en torno al planeta y dejarlo reducido a las dimensiones de una albóndiga. Para este trabajo de precisión usé un surtido de destornilladores especiales, con mango aislante y puntas casi metafísicas, cuando no directamente simbólicas, pero como la labor era trabajosa, me cansé y lo dejé para el día siguiente. Es decir, para la semana siguiente y cuando reanudé la tarea se ve que no recordaba bien por dónde iba, me debí saltar alguna fase de la función de onda, o quizá una constante, o ajusté al revés algún tornillo, y en lugar de gravitacionales, el motor resultó de ondas antigravitatorias. ¿Y eso cómo se hace? Pues con antigravitones, naturalmente, una partícula doblemente hipotética y teórica, que ni entonces ni ahora está demostrado que exista, y dudo que tenga por qué existir. Aun así el motor funcionaba, se le encendía una lucecita piloto y emitía un zumbido (antizumbido) enigmático. Pero como no sabía cómo funcionaba, ni para qué, lo envolví con un calcetín y lo dejé en el cajón. Menudo fiasco. Por pereza, decía. Me falta constancia y empeño. No soy tenaz, sino negligente y gandul. Dios sabe dónde estará aquel chisme de ondas antigravitatorias al que faltaba un tornillo. O sobraba, yo qué sé. Ya no soy listo, aunque puedo contar cuentos como cualquiera. Para relato, el mío.