Andan los empresarios embarcados en una nueva cruzada, esta vez contra el absentismo de sus trabajadores. Las bajas por enfermedad se han disparado de una forma absurda en los últimos años y los jefes sospechan que muchas, quizá la mayoría, son fraudes. Tal vez no tienen en cuenta elementos clave en esta deriva: el cambio de generación y la pandemia, cuestiones contra las que no se puede luchar porque conllevan un cambio de paradigma que ha venido para quedarse. El experimento social a gran escala del confinamiento tuvo efectos llamativos en la salud mental de buena parte de las personas. El encierro entre cuatro paredes, la separación forzosa de sus seres queridos, el no saber cómo ocupar su tiempo encerrados en casa… provocó que un montón de gente se volviera, literalmente, loca. El sistema sanitario, obviamente, no estaba preparado para hacer frente a eso, y más cuando el virus exigía el máximo esfuerzo de los profesionales. Seis años después afloran los efectos indeseados de las decisiones políticas que se tomaron entonces. Pero no es todo. El ritmo de vida impuesto –carpe diem–, la filosofía de la gratificación inmediata, la nula tolerancia a la frustración, el derribo de la cultura del esfuerzo y el sacrificio, la falta de futuro… han convertido a toda una generación –la que nació con el siglo– en mano de obra «diferente». Aquello que hacíamos nosotros de vivir para trabajar, ahorrar, hacer planes a largo plazo, sacrificar el presente para garantizar un futuro cómodo… todo eso ha pasado a la historia. Porque saben que, quizá, no tengan futuro. Y si lo tienen, ya llegará. Lo importante hoy es el momento presente, nos lo han recalcado hasta la saciedad. Y aquí están los resultados.