Andan los dueños de la franquicia de James Bond buscando un nuevo actor para encarnar a 007 y llevan cinco años sin encontrarlo. Alguien con licencia para matar nuevecito, moderno y capaz de pulir los vicios del personaje para que vuelva a ser aceptado por una audiencia global. Desde que lo dejó Daniel Craig el espía no tiene cara, lo que lo convierte por primera vez en secreto de verdad. Es una construcción curiosa la de espía secreto, como si fuera posible uno público. El caso es que los productores tienen contratado al director desde hace años, Daniel Villenueve, el de Dune, pero cuesta ponerle cara al protagonista. Han sonado actores negros, blancos, altos, bajos, rubios y morenos y ahora se apunta al novio de Dua Lipa, un tal Callum Turner. Lo complicado es encontrar a alguien que le pegue un empujón a un personaje que tiene más de 70 años y actualizarlo, que sea él pero sin serlo del todo. El origen de Bond, en las novelas de Ian Fleming ya era un intento de rescatar algo: el orgullo británico. Tras las dos guerras mundiales, con el imperio en decadencia y el ascenso de otras superpotencias, un súbdito de su Majestad capaz de superar a rusos, americanos y al que se pusiera por delante mientras conquistaba a cualquiera, era una apelación a la gloria que se extinguía. Encima apareció Sean Connery, para qué quieres más. Pegarle una vuelta más resulta tan complicado como encontrar a quien aglutine a la izquierda española. La paradoja es que, mientras el héroe parece menos verosímil de lo que era cada año que pasa, los que ganan en credibilidad son los villanos. Cada vez es más identificable el malo solitario con recursos ilimitados y un ansia de dominar el mundo por encima de cualquier ideal, el poder por el poder. Es lo curioso de 2026, es muy complicado ponerle cara al héroe porque el malvado quizá sea demasiado real.