Cuando el pictorialismo promovió el reconocimiento de la fotografía como un arte y reivindicó para ella una consideración similar a la que gozaban la pintura o la escultura, no todos los artistas pensaban lo mismo: en 1862 una veintena de pintores entre los cuales estaba Dominique Ingres firmaron en París un manifiesto protestando contra la asimilación de la fotografía al arte. Consideraban que, en todo caso, el nuevo invento debía servir para divulgar las obras de los grandes artistas pero negaban a la fotografía las propiedades del arte, una teoría que había sido adelantada en 1859 por Baudelaire según la cual el verdadero deber de la fotografía era el de ser una muy humilde sirvienta de las ciencias y de las artes (algunos pintores contemporáneos, como David Hockney, siguen negando a la fotografía el estatus artístico). En Francia, ya en 1859, el gobierno había autorizado la creación de una sección de fotografía en el Salón de Pintura, Escultura y Grabado de París para exponer fotos como si fueran obras de arte, una iniciativa que había provocado el rechazo de los puristas. Aquel papel de la fotografía como sirvienta del arte y herramienta para divulgar los cuadros de los museos, fue adoptada por coleccionistas, marchantes e instituciones para dar a conocer sus obras. El fotógrafo Man Ray comenzó su carrera enviando a marchantes y galerías fotografías de sus cuadros, y pintores como Picasso y Juan Gris le encargaron que hiciese lo mismo con los suyos.