Nunca he aprendido a diferenciar bien lo que se debe decir y lo que no. No me resigno conforme. Escribo lo que jamás vocalizo. Insinuo lo que silencio. Puedo esconderme detrás de un discurso y revelarme en una elipsis. Igual suelto una broma impertinente que regateo un consuelo. En general, como casi todos, me he pasado la vida callando a voces y con la verdad en la punta de la lengua, reteniéndola, que es lo apropiado.