Nadie al volante: un viaje en el mundo de los taxis sin conductor

En San Francisco se siente el dinero de las tecnológicas desde que se aterriza en su aeropuerto y se pone el pie en la terminal. Un robot te prepara un 'espresso' por cinco dólares para ajustar el cambio horario. El grifo de agua para la botella es futurista, con sensores sin tacto. Todo es pulcro, brillante y curvilíneo. El contraste es abrumador cuando se llega al centro de la ciudad y la opulencia 'tech' da paso a la miseria en el Tenderloin y alrededores. El brazo mecánico que sirve un 'latte' se convierte en un brazo huesudo y picado que busca fentanilo. Entre las decenas de personas sin hogar tiradas por las aceras aparece un símbolo ya confirmado de las sociedades tan lejanas que conviven en San Francisco: un taxi blanco , inmaculado y silencioso. Es el futuro que aquí es presente: un vehículo sin conductor , sin nadie al volante que se estremezca por la desolación humana a través del cristal. Estos robotaxis son una presencia tan establecida en San Francisco como la del tipo demacrado que te pide 50 céntimos. En especial, los de Waymo, la compañía de Google que lleva la delantera en el negocio. Están por todos lados y estarán por muchos más: a día de hoy circulan por seis ciudades de EE.UU., pero a finales de año quieren hacerlo en veinte urbes, también fuera de la primera potencia mundial. Por ejemplo, en Londres y en Tokio. Madrid tiene previsto comenzar un ensayo con uno de sus competidores, el coche autónomo de Uber. En San Francisco hay cientos de ellos. Pedir una carrera es tan fácil como en cualquiera de las aplicaciones de taxi, como el propio Uber, Lyft o Cabify. Bajas una aplicación, indicas el trayecto y pocos minutos después el coche ya está ahí, pero sin conductor. Waymo utiliza un modelo de Jaguar adaptado , que conduce con inteligencia artificial. Y con abundantes sensores por toda la carrocería del vehículo, la señal externa más evidente de que no es un taxi normal. Para abrir la puerta del coche hay que apretar un botón en la aplicación en el móvil. Se abren las cuatro puertas y tú eliges el asiento. Una voz artificial -no pronuncia 'Javier' peor que la mayoría de taxistas- te da la bienvenida. El viaje comienza en cuanto accionas un botón en una de las dos pantallas -en el frontal y en la parte de atrás- desde la que se controla el viaje. El vehículo arranca con decisión y ese es un momento inolvidable para cualquier primerizo: entre el asombro y la desconfianza, con los ojos clavados en ese volante que gira sin piloto. En la primera curva, es difícil que no escape una sonrisa. Waymo y los coches sin conductor no son una novedad. Las tecnológicas experimentan con estos vehículos desde hace muchos años. La propia compañía de Google empezó a operar sus robotaxis de Waymo en Phoenix (Arizona) hace cinco años. Allí, o aquí en San Francisco, solo los turistas levantan las cejas cuando ven esos volantes que se mueven solos. Ahora ya hay competidores que no tienen ni volante. Por ejemplo, los coches de Zoox, de otra 'big tech', Amazon. En San Francisco están en programa piloto, con una lista de espera para los usuarios interesados en probarlos. Aparecen de vez en cuando por la calle y esa sí que es una presencia futurista. Mientras que los de Waymo son un coche convencional adaptado, los Zoox son un animal diferente. Es una especie de vagón amplio, con dos asientos enfrentados y capacidad para cuatro pasajeros. No tiene volante, ni espacio para un hipotético conductor. Y es bidireccional, no tiene parte de adelante y de atrás, útil para evitar algunos giros engorrosos. Tesla, el gigante de los coches eléctricos de Elon Musk, también busca hacerse un hueco en el sector. De hecho, su gran apuesta de futuro son los robotaxis , con los que ya experimenta en Austin (Texas), cerca de donde la compañía tiene su sede. De vuelta en las calles de San Francisco, nuestro Waymo toma buenas decisiones: evita una calle con mucho tráfico y busca una vía alternativa, no se mete en una intersección cuando el carril está ocupado… Y es cauto al extremo. Cede con mucho espacio, mantiene distancias e incluso pega un volantazo en un momento en el que apenas hay un obstáculo en la calzada. La seguridad es la clave de esta industria. En sus inicios, varias compañías se fueron a pique por accidentes durante sus programas pilotos. Waymo asegura que ha reducido un 90% las colisiones en las que sus coches están implicados, pero cada vez que hay un accidente saltan las alarmas. Ocurrió el mes pasado en Los Ángeles, una ciudad donde también opera (las otras, además de San Francisco y Phoenix, son Austin, Miami y Atlanta). Uno de sus robotaxis atropelló a un menor en las inmediaciones de un colegio, lo que ha provocado la apertura de una investigación federal. Otro jarro de agua fría para Waymo ha llegado desde Nueva York. Después de un periodo de pruebas limitado a zonas fuera de la Gran Manzana, la gobernadora del estado, la demócrata Kathy Hochul, acaba de negar su aprobación a que estos robotaxis circulen por la mayor ciudad del país. Hubiera sido el principio de la conquista del mundo para Waymo, como estableció en su día Frank Sinatra: 'If I can make it there, I can make it anywhere' ('Si tengo éxito allí, puedo tenerlo en cualquier parte'). La precaución intensa del Waymo puede llegar a ser desesperante. Metidos en las avenidas de San Francisco, en un día de atasco, los humanos se nos cuelan por todos lados. La sensación es que los conductores son conscientes de que el Waymo tenderá a cederles y se aprovechan de ello. El viaje es un festival de pirulas en nuestra contra. Los gritos de protesta del pasajero se quedan sin respuesta en el Waymo. «Es que no tienen cerebro», dice durante un viaje posterior Vadim, un taxista de carne y hueso, sobre sus competidores robóticos. «Solo hacen lo que llevan en su código», explica, mientras rodea a un Waymo, clavado en una esquina porque hay un peatón que tiene un pie metido en la calzada, aunque no la esté cruzando. Este conductor, con años de experiencia aquí y en Nueva York, sostiene que durante mucho tiempo los Waymo han sido «un desastre» en San Francisco. No obedecían a las órdenes de policías, apeaban a los pasajeros en lugares inseguros, no sabían cómo actuar en calles estrechas donde hay que alternar entre las dos direcciones… «Pero están aprendiendo rápido», dice Vadim, que cree que las máquinas le dejarán sin trabajo «en cinco o seis años». No es una predicción exagerada. Waymo acaba de mostrar su fortaleza y el hambre de los inversores con el sector: hace unos días anunció una ronda de financiación de 16.000 millones de dólares que valora la compañía en 126.000 millones. Seguro que para entonces todavía quedarán nostálgicos del taxi, de la conversación con el 'peseto' de siempre: una autoridad en asuntos locales, un sociólogo al volante, una enciclopedia sobre qué hacer, dónde comer, qué evitar… Por mucho que se le pregunte a Waymo, no hay respuesta. Toda interacción es a través de una pantalla desde la que se puede elegir música, ajustar la temperatura, mover los asientos o pedir al coche que abre la puerta y te deje salir antes de tiempo. Llegamos al destino. El robotaxi encuentra un lugar donde arrimarse a la acera. Los altavoces emiten un sonido como de pasar una pantalla de un videojuego y se desbloquean las puertas. El coche despide con frialdad y sigue su camino. Cerca de allí, suena la campana de un tranvía, que remonta con esfuerzo una de las lomas empinadas de San Francisco. El 'cable car' es un icono de la ciudad y el último tranvía en el mundo que se opera manualmente. Nos subimos para el viaje de vuelta, entre gritos de un maquinista corpulento, que acciona palancas de hierro y anuncia los nombres de las paradas. En un momento, el conductor suelta los mandos, como riéndose del futuro que ya está aquí.