El influjo de la hiperracionalidad del mundo contemporáneo prometió una sociedad libre de mitos en la que el laboratorio sustituiría a la catedral . Sin embargo, el ser humano sigue sintiendo la pulsión irreprimible de mirar al cielo en busca de respuestas, una suerte de sistema operativo espiritual que parece venir preinstalado de fábrica. Ignorar esta persistencia de lo sagrado es como tratar de entender la arquitectura humana obviando los cimientos. Diego Golombek (Buenos Aires, 1964) es biólogo, cronista y uno de los divulgadores más audaces de la ciencia en español, y disecciona este fenómeno en 'Las neuronas de Dios' (Siglo XXI), donde no se propone la tarea imposible de demostrar la tarea imposible del Creador, sino la de rastrear su huella biológica en los pliegues de nuestra corteza cerebral. —¿Cuál es su relación con la religión? —El misterio siempre me atrajo. Aunque nunca fui una persona religiosa, sí fui creyente desde niño. Como cualquier chico, hablaba con un ser superior, una costumbre que, sospecho, nunca nos abandona del todo. Quien asegure que no pide ayuda frente a una situación crítica, quien no haya implorado un «por favor, que pase tal cosa», que tire la primera Biblia. En 'Las neuronas de Dios' cuento cómo, en un momento dado, empecé a notar una correlación demasiado estrecha entre lo que ese ser superior opinaba y lo que yo quería que opinase. Claramente, ese Dios era yo mismo; como todos nosotros, de alguna manera, somos nuestros propios dioses. Ese descubrimiento me alejó de la religión, pero no me hizo perder el interés en ella. Lo maravilloso de la ciencia es que nos permite entender por qué hacemos lo que hacemos y por qué tanta gente mantiene su fe en la vida adulta. La religión tiene algo fascinante: se puede estudiar científicamente. A diferencia de otras pseudociencias movidas por intereses o ideas ridículas, la fe es un fenómeno profundo que merece ser comprendido. —Menciona varias veces en el libro que las alucinaciones nos llevan a algo interno, programado de fábrica. ¿Cuánto de intrínseca es la figura de Dios? —La gran pregunta es por qué, veintiún siglos después de Cristo y muchos más desde el origen del pensamiento religioso, sigue existiendo con tanta fuerza la figura de un Dios omnisciente y personal. Se podría argumentar que es una cuestión meramente cultural, pues somos una mezcla de lo que traemos «de fábrica» -lo biológico y genético- y lo que hacemos con ello -lo cultural y social-. Cuando un fenómeno se mantiene de forma tan robusta a lo largo de la historia y la geografía, como biólogo me siento obligado a plantear una hipótesis biológica: ¿y si no fuera solamente cultural? Esta es la hipótesis: los humanos que creyeron fuertemente en algo superior tuvieron mayores probabilidades de sobrevivir. A nivel individual, la fe pudo reducir el estrés y ofrecer otra perspectiva vital. A nivel social, proporcionó un estandarte común que otorgaba una ventaja estratégica sobre otras comunidades menos organizadas, permitiendo que las tribus cohesionadas por la religión se impusieran. Es una hipótesis, pero existe cierta evidencia al respecto. Se han hallado indicios genéticos que sugieren que las personas con mayores niveles de religiosidad presentan ciertas variaciones o polimorfismos en sus genes. —Si descubrimos que Dios vive en el lóbulo temporal, ¿eso lo hace menos real o simplemente explica el «hardware» que usamos para escucharlo? —Explica la idea de Dios. Dios es inexplicable, incluso desde la ciencia, porque no es una pregunta científica. Si partimos de ahí, pues nos ponemos de acuerdo. Lo que sí es una pregunta científica es qué correlatos tiene Dios en el comportamiento de la gente o en el sistema nervioso de la gente (por ejemplo, si hay áreas del cerebro que se activan frente a rituales o rezos), y eso es donde la ciencia puede hacer doble clic. Jamás puede poner la lupa y sería una estupidez que lo hiciera en la existencia misma de Dios. Eso sería un problema, obviamente, teológico, filosófico, pero no científico. —¿Es la búsqueda de la verdad científica una forma de ritual religioso para el cerebro secular? —La ciencia es, sin duda, una actividad ritual. Tiene sus rutinas y su propia lógica interna, pero se distancia de lo religioso en sus pilares fundamentales. Mientras que el pilar de la religión es la fe y el misterio, el pilar de la ciencia es la evidencia. La actividad científica consiste en robarle secretos a la naturaleza e iluminar lo que está a oscuras. Aunque es una tarea ciclópea porque lo oscuro es infinito, nunca podemos aceptar un límite definitivo. Aquí es donde los rituales científicos y religiosos se separan. La religión se sostiene en el mito y en la fe ciega; ese es su gran éxito y la razón por la que se mantiene. Resulta fascinante que, en pleno siglo XXI, más del 80% de la población siga siendo creyente. Sucede porque la religión ofrece respuestas certeras que cierran preguntas, mientras que la ciencia, cuando da una buena respuesta, lo que hace es abrir nuevas interrogantes. El éxito de la religión radica en que esas respuestas definitivas brindan tranquilidad y reducen la ansiedad. No podemos despacharlo simplemente como «el opio del pueblo», porque efectivamente tiene efectos positivos en el bienestar emocional. —¿Puede alguien que no sea religioso tener esta misma tranquilidad ante el final de la vida? —Creo que, efectivamente, la muerte es una fuerza impulsora extraordinaria para la fe y, sobre todo, para la religión, que ofrece una respuesta: nos dice que no nos preocupemos, que todo irá bien en un paraíso. Ya sea el cielo cristiano o el de los mártires musulmanes con sus vírgenes -sobre lo cual Enrique Jardiel Poncela escribió un libro fascinante y divertidísimo titulado '¿Hubo alguna vez once mil vírgenes?'-, la religión propone un destino. El miedo a la muerte es absolutamente lógico; es el miedo a dejar de ser, al sufrimiento propio y al de nuestros seres queridos. La religión no elimina esa angustia, pero la calma. Quienes no somos religiosos también tenemos nuestros métodos. Nos angustiamos y sentimos miedo, pero existe otra forma de procesarlo: pensarlo desde un punto de vista biológico. —¿Podemos ser realmente libres si nuestra espiritualidad está predeterminada por la selección natural? —La cuestión de fondo es si podemos ser realmente libres. Desde la neurociencia y el estudio de la conciencia, existen fenómenos que cuestionan seriamente el concepto de libre albedrío. No se trata de un determinismo genético absoluto, sino de que el sistema nervioso establece un mapa del mundo antes incluso de que seamos conscientes de ello. Hace un tiempo, a la gran cuentista argentina Hebe Uhart le preguntaron si se nacía escritor. Ella dio una respuesta maravillosa: «No, se nace bebé». En la gran mayoría de los casos, lo evolutivo es solo una propensión. Hoy están de moda los análisis genéticos; envías una muestra de saliva y te devuelven un informe con tus características. Casi siempre hablamos de inclinaciones, no de destinos determinantes. Con la fe ocurre lo mismo: existe una propensión biológica a la religiosidad en los humanos, pero que terminemos siendo personas creyentes o religiosas depende finalmente de la cultura. —¿Qué es más asombroso: que un Dios haya creado el cerebro, o que un cerebro de kilo y medio haya sido capaz de crear a Dios? —No tengo duda: lo más asombroso es que el cerebro haya creado una idea tan poderosa como la de un ser superior, capaz de mantenerse a lo largo de las culturas y la historia. Todo comienza con un Dios animista que dota de espíritu a la naturaleza -al rayo, al sol, a las cosechas- para luego dar un salto hacia lo abstracto y lo humano. En general, nuestras deidades tienden a ser humanoides, pero más abstractas; ya no representan a la naturaleza, sino que son sus creadores. Desde hace décadas está de moda la idea de una ciencia «contra» la religión. Propongo un análisis preposicional: podemos poner la ciencia a un lado, la religión al otro y jugar con las preposiciones. Hoy impera el versus, el enfrentamiento, pero me parece una postura contraproducente. —¿Ha perdido la ciencia la capacidad de consolar al ser humano de la misma manera que lo hace la religión a día de hoy? —Desde un punto de vista práctico, creo que la ciencia no ha perdido esa capacidad de consolar. Si estamos vivos hoy no es por la religión, sino por la ciencia; concretamente por tres pilares: el acceso al agua potable, los antibióticos y la capacidad de alimentar al mundo. Por eso, cuando nos sentimos desconsolados ante el rumbo del mundo, debemos obligarnos a reflexionar sobre todo lo que hemos logrado gracias al conocimiento científico. A veces, la ciencia requiere de un rostro más humano. Ocurre lo mismo con un médico: aunque nos dé un diagnóstico en términos técnicos, su valor reside en que sigue siendo una persona y no una inteligencia artificial. Posee un grado de empatía y una forma de comunicación, tanto verbal como no verbal, que no puede nacer de otro lugar. — ¿La necesidad de trascendencia es un error o la función principal de nuestra existencia? —Existen áreas del cerebro que se activan frente a la religiosidad, aunque no conocemos neuronas específicas dedicadas a ello. Creo que tenemos una necesidad de trascendencia extraordinaria y hoy somos testigos de un gran espectáculo de esa necesidad. El fenómeno de las redes sociales responde a ese impulso de trascender en un mundo cuya socialización lo exige. Sin embargo, me parece que debemos distinguir entre dos tipos de trascendencia. Por un lado está la trascendencia material: el deseo de dejar un legado o una huella de nuestra vida sobre la tierra. Esta puede ser pequeñísima, como influir en una sola persona, tener hijos, escribir un libro o realizar un trabajo bien hecho. Por otro lado, está la trascendencia religiosa. Ambas nos definen como humanos, pero seguramente sigan caminos muy diferentes —Si la moralidad nace de la biología y no de una tabla de mandamientos, ¿cómo decidimos qué es el bien sin una autoridad externa? —Como dice una canción del grupo de rock argentino Divididos, «el bien y el mal definen por penal»; una forma de decir que, al no haber acuerdo, todo parece quedar en manos del azar. Está claro que el bien y el mal son fenómenos culturales que evolucionan. La cultura se define por el cambio: el esclavismo, que hace apenas doscientos años no se percibía como un mal, hoy es algo inadmisible. Lo mismo ocurre con el «ojo por ojo», presente en casi todos los textos religiosos antiguos. Sin embargo, hay evidencias claras de que reconocemos actos morales más allá de la cultura. Existen experimentos con bebés que aún no hablan a los que se les presenta una situación de ficción: si un personaje empuja a otro y le impide llegar a su meta, el bebé da señales de entender que eso está mal. Esto sugiere que traemos un concepto de bondad y maldad «de fábrica». —¿Estamos condenados a buscar un líder (sea Dios, un político o un algoritmo)? —Debido a nuestra cultura, no me cabe duda: no habría forma de responder a catástrofes o crisis sin un liderazgo. Sin reglas y consignas claras el resultado sería la anarquía; por mucha voluntad que pusiéramos, no lograríamos organizarnos. Por tanto, desde el punto de vista social, la necesidad de un líder es indiscutible. La pregunta es cuánto de esto responde a cuestiones cerebrales. Existe una necesidad social de liderazgo y, dado que nuestras estructuras sociales suelen ser un reflejo de nuestra organización neuronal, es muy posible que también exista una base en nuestro sistema nervioso que nos impulse hacia ello — ¿Y qué le dice un biólogo a una persona que no duda de haberse encontrado con Dios? —Lo primero que le dice un biólogo es: «Qué envidia, llámame cuando te pase otra vez». Lo segundo, sería preguntarle si está seguro de no padecer algún tipo de epilepsia, aunque sospecho que después de una pregunta así no seríamos muy buenos amigos. Debemos ser lo suficientemente humildes y magnánimos para respetar esas experiencias. No podemos despacharlas como una estupidez o una fábula, ni situarnos en una posición de superioridad asumiendo que el otro miente. Más allá de la fe, me encantaría entenderlo desde la ciencia. Me fascinaría comprender qué ocurre exactamente en el cerebro de una persona para que vea esa luz o esa virgen; qué procesos reales están sucediendo ahí dentro. —¿Siente envidia sana hacia aquel que siente la paz mental de un creyente? —Siento un poco de envidia, sí, y, sobre todo, una profunda sensación de asombro. Asimov decía que esta es una pelea en inferioridad de condiciones: vemos algo e inmediatamente queremos saber; formulamos preguntas que, a menudo, sabemos que no podremos contestar. Por otro lado, el gran físico Richard Feynman contaba que hay quienes ven una flor y simplemente dicen: «es hermosa». A los científicos nos critican por buscar las leyes de la física o la biología detrás de esa flor, pero entender cómo funciona y cómo llegó a existir es, en sí mismo, algo bellísimo. Esa capacidad de formular siempre nuevas preguntas es lo que me otorga cierta paz. Es probable que mi nivel de estrés sea siempre más elevado que el de una persona creyente y que, por tanto, mi esperanza de vida sea un poco menor; al fin y al cabo, un estrés bajo favorece la longevidad y la recuperación. Pero es un riesgo que acepto correr a cambio del asombro.